El Correo Digital
Domingo, 9 de julio de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Claridad
Reunido consigo mismo el consejo político del Gobierno vasco ha hecho público un documento en el que se exige «claridad» al presidente Rodríguez Zapatero en lo concerniente a la promesa de respetar la decisión de los vascos que éste incluyó como contenido, no menor, de su anuncio del inicio de conversaciones formales con ETA. Objeto de todo tipo de interpretaciones, esta promesa fue prontamente matizada por María Teresa Fernández de la Vega, quien negó que tuviese nada que ver con el reconocimiento del derecho de autodeterminación. Entrenado en la detección de briznas de paja en ojos ajenos, el Ejecutivo vasco se apresuró a señalar la contradicción que a su juicio supone afirmar el respeto a la decisión de los vascos a la vez que se niega el derecho de autodeterminación, «punto vertebral de la solución» al conflicto vasco. De ahí la demanda de claridad a Zapatero.

Cierto: el Gobierno español debe clarificar su proyecto de España. Debe verbalizar de una vez si lo que desea es avanzar en el camino de la federalización del Estado (en nada parecida a la actual multibilateralización), y si es así plantearlo abiertamente para que todo el mundo sepa a qué atenerse. Pero la exigencia de claridad se dirige, fundamentalmente, al propio nacionalismo vasco. Claridad que requiere, en primer lugar, no hacer pasar la autodeterminación por lo que no es: ni un derecho fundamental, ni un principio democrático 'per se', ni la clave del debate sobre el futuro de Euskadi, ni el ejercicio de un etéreo «derecho a decidir», ni, mucho menos, un proyecto integrador.

Para quienes no somos nacionalistas todo eso es discutible. Discutible, precisamente, para afrontarlo sin dramatismos, no para evitar su debate. Pero será imposible avanzar en la discusión si el tripartito pretende desde el principio hacernos comulgar con las ruedas de su particular molino. Tal pretensión tiene muy poco que ver con la invitación al ejercicio de la autolimitación como base de un acuerdo político en Euskadi que el domingo pasado hacía en este diario Josu Jon Imaz. No impedir la discusión, pero tampoco imponer las creencias propias.

Lo que ocurre es que la claridad no beneficia en nada a los objetivos del nacionalismo soberanista, ya que no están seguros de si todos los que se agrupan bajo siglas formalmente nacionalistas «son de los nuestros». Como señala Jorge Wagensberg, estar a favor siempre une menos que estar en contra, ya que los que están a favor suelen estarlo con diversos matices, mientras que los que están en contra sólo están en contra. Desde sus primeros pasos, y aún hoy, el nacionalismo vasco sólo ha podido aparecer unido en la negación. Por el contrario, cuando una parte de ese nacionalismo, el PNV, ha asumido la responsabilidad de construir (actividad propia de los que están a favor), su distanciamiento de otros nacionalistas y su división interna han sido evidentes.

Al igual que en Quebec, en Euskadi necesitamos con urgencia una ley de claridad. Porque la claridad es, lo saben hasta los niños, la mejor manera de hacer desaparecer a los fantasmas.

i.zubero@diario-elcorreo.com



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