Son las 19.30 horas. Estoy siguiendo por televisión el funeral por las víctimas del accidente con presencia de los Reyes y el presidente del Gobierno. Oigo a la Iglesia y sus obispos decir que «la vida es un misterio» -también el accidente-. Que es «un triunfo del mal porque somos ovejas de matanza». Y el Señor duerme. ¿Por qué duerme el Señor? -preguntan los obispos-. ¿Por qué el Señor ha permitido éste accidente? -siguen preguntando-.
Soy ferroviario desde hace 25 años, maquinista de tren, conductor de metro. He conocido accidentes, he conocido explicaciones extemporáneas y oficiales de ellos, incluso en el Parlamento. Y amenazas de despido a trabajadores por defender la verdad. Todas las explicaciones derivaban del 'fallo humano', nunca de situaciones de deterioro de las líneas, de falta de inversión o de condiciones de trabajo. Y es que es la era de la 'liberalización-privatización' de los transportes públicos, donde la rentabilidad y el cumplimiento del 'índice de cobertura' ordenan y mandan. Ninguna empresa ferroviaria, ningún gobierno de turno van a reconocer que los servicios públicos no merecían la máxima dotación política y económica que con criterios de rentabilidad social se merece una actividad como el transporte público. Pero nadie va reconocer sus responsabilidades.