Tras la meta, en apenas tres metros, buscan oxígeno los pulmones de Mayo y Rujano, goteando sudores de distinto sabor. Mayo es un escalador que ayer bajó. Rujano pertenece al mismo gremio, pero ayer subió.
Nada más entrar, Iban Mayo clavetea su mirada sobre los dígitos que coronan la meta: 1 hora, 7 minutos y 20 segundos. A cinco minutos de Gonchar. Mucho. «Bueno, es un poco lo que esperaba». De inmediato le protegen la garganta con una toalla y le cubren con un maillot de manga larga. Pero se siente desnudo, desvestido de toda sonrisa. Cuando para y se desengancha del pedal, es difícil encontrar su mirada. «Mi Tour empieza la semana que viene», había dicho antes de partir en la contrarreloj. Algo presentía. «Mi terreno está por llegar», confirmó luego, mientras gota a gota le caían plazos de su decepción. Mayo es así: bascula entre la euforia y el abatimiento. Es su carácter: gana o pierde. No se conforma. «Espero estar en la montaña donde tengo que estar», se fijó como objetivo. Ya planteaba revanchas: «Hay gente que va a caer».
Los cinco minutos perdidos -cuatro en relación a los favoritos- le autorizaban a tener una mueca de decepción. Silbaba sus respuestas. Hilo de voz. El ciclismo había estado casi dos años orillándole hasta el pasado Dauphiné Libéré, hasta su victoria en la etapa 'reina'. Y no quiere que este Tour vuelva a enviarle a la sombra. «Hoy me tocaba sufrir. Tenía que pasar este mal trago lo antes posible. Era una contrarreloj opuesta a mis condiciones. He salido a tope y no he podido hacer más». No sabe de disculpas: «No me duele la rodilla, la caída está olvidada». Trataba de vislumbrar una salida: «Era una etapa para especialista, no para mí». Aunque no esquivaba la realidad: «Está claro que esto es una referencia». Tiene días para desdecirla.
En la recámara están los Pirineos y los Alpes. Ayer, el reloj fue como esa gota de ámbar que retiene para siempre a un insecto: detuvo el Tour tal y como está, con Gonchar y Landis en cabeza, con Mayo a seis minutos ya. La primera radiografía de esta edición. Ésa es la lista de verdad, la que ayer alejó al vizcaíno y rescató a un sudamericano de talla baja, rostro digno de 'El señor de los anillos', orejas contra el viento, piernas voladoras e instinto de barrio: José Rujano. El otro venezolano.
Otra lectura
El primero fue Leonardo Sierra, el que puso nombre al descubrimiento del Mortirolo. El que mejor subía y peor bajaba. El vecino mayor de Rujano. Viven en Santa Cruz de Mora. Sierra fue su padrino. Le presentó a Gianni Savio, el director del Selle Italia. Con ese barco llegó el diminuto José a la Toscana. Con ese maillot se subió al podio del Giro 2005. Con otro color, el del Quick Step, acabó ayer a 4 minutos y 53 segundos de Gonchar. Sólo 44 segundos mejor que Mayo, pero con otra lectura.
«Estoy feliz. He hecho una gran crono». Cierto. Peso pluma. Apenas 50 kilos. Cuerpo infantil. Ojeras perpetuas. Pelado como Pantani. «Por eso me rapo, porque es mi ídolo». Quiere emularle. «Mi objetivo ahora es luchar por la clasificación de la montaña y por quedar entre los diez primeros de la general». Meta alta para el más pequeño -sólo Dumoulin es más bajo-. Es un ciclista de altura. En su pueblo se entrena escalando al Pico del Águila, de 4.118 metros. Vive rodeado de cimas.
Cuando le preguntan por el Tour, tira del tópico sudamericano: «Le dedico esto a mi 'fanaticada', a mi familia, mi papá, mi mamá, mi...». Cuando le cortan y le insisten, concluye su retaíla de agradecimientos y, por fin, responde: «Es mi primer Tour y quiero conocerlo. Necesito coger experiencia para regresar y estar en el futuro con los mejores». En las alturas. Allí, en los Pirineos y los Alpes, se topará con Mayo. «Ahora estaré más libre. Menos vigilado», sopesaba el vizcaíno. Deletreaba ese consuelo. En voz baja.