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Domingo, 9 de julio de 2006
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POLÍTICA
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El precio de pagar o de resistir
Empresarios vascos que han sido víctimas de la extorsión de ETA relatan el drama que ha supuesto en sus vidas el acoso de la banda terrorista
El precio de pagar o de resistir
EL SELLO DEL MIEDO. Carta de extorsión recibida por empresarios y profesionales. / EL CORREO
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Forman parte de la nómina de víctimas más silenciosas del fenómeno terrorista vasco. Los extorsionados con el impuesto revolucionario han hecho de la discreción una estrategia. Salvo contadas excepciones, los empresarios y profesionales que a lo largo de las últimas décadas han recibido cartas de ETA exigiéndoles dinero o, en algunos casos, que abandonasen Euskadi han preferido callar. En muchas ocasiones lo han ocultado, incluso, en el seno de sus propias familias.

Una de las excepciones la protagonizó en 1980 el empresario guipuzcoano Juan Alcorta -fundador de compañías como Savin o Koipe-, quien, poco después de recibir una misiva en la que ETA le exigía dinero, hizo pública su respuesta a la organización terrorista. «Seguiré viviendo como he vivido siempre -decía Alcorta en su mensaje-. Me veréis en las empresas de las que soy responsable. Me veréis en Atocha, aplaudiendo a la Real. Me veréis en algún partido de pelota. Me veréis en alguna sociedad popular cenando. Así, pues, no tendréis necesidad de buscarme, como decíais en la carta».

Tres empresarios que han sufrido en sus carnes el sudor frío que provoca recibir una amenaza escrita de ETA y que, por razones lógicas, han preferido protegerse tras el anonimato, cuentan para EL CORREO su experiencia y su calvario.

EL EMPRESARIO QUE VENCIÓ AL MIEDO Y NO PAGÓ

«Me pidieron 140.000 euros»

«No te muevas, no hagas nada, no se lo digas a nadie, ni a la Ertzaintza; menos aún a alguien de HB. Olvídate de contactos y no te preocupes de verdad hasta que te llegue la cuarta o la quinta carta. Si llegas a ese punto, entonces sí que debes preocuparte. Mientras tanto, no te muevas. Si lo haces se van a enterar y pasarás a la lista corta. Se darán cuenta de que te ha afectado y se echarán sobre ti. Mientras tanto, haz vida desordenada». Ese fue el consejo que recibió Iñaki cuando, poco después de recibir su primera carta de extorsión, recurrió a un amigo que había formado parte de ETA en los años 70. Hasta hoy, ha seguido fielmente sus indicaciones. Va por la tercera carta. La segunda y la última llegaron con remites de sus hijos. Le exigieron que pagara 140.000 euros.

La primera tenía el remite de un amigo. «Pensar que alguien ha dedicado un tiempo a pensar en ti, a rebuscar y detenerse en tu vida, en tu familia, en tus amigos, me pone los pelos de punta», admite.

Lo peor de los primeros momentos fue el trauma familiar. «Yo pretendía ocultárselo a todo el mundo, pero mi esposa encontró la carta en casa. A uno de mis hijos tampoco se lo pude ocultar. Llegó cuando mi mujer y yo estábamos hablando del tema, vio un papel en nuestras manos, nuestras caras, y se lo imaginó de inmediato. En ese instante pones en revisión toda tu vida. Te das cuenta de que esto es como una especie de lotería y que te ha tocado a ti. También piensas que.... ¿vaya país que tenemos! Pones en tela de juicio lo que has hecho en tu vida, si merecía la pena, si es preferible retirarse de todo e irse a vivir a un sitio donde no te conozca nadie».

Jamás tuvo duda alguna de que no debía pagar y que si no conseguía resistir la presión optaría por poner muchos kilómetros de por medio. «En mi caso -apunta- no tiene demasiado mérito. Yo puedo establecer mi residencia en cualquier otro sitio sin que ello afecte demasiado a mi vida profesional. Pensé incluso en comprarme una casa en Cantabria, una idea que había manejado siempre y que entonces se convertía en una especie de tabla de salvación. Complicado de verdad lo tiene un empresario de Bergara, que tiene un taller con cuarenta empleados y su vivienda está justo encima. Ese no puede moverse, no es fácil llevarse la empresa a otro sitio, y me temo que quienes están en esas circunstancias lo tienen realmente difícil para resistirse».

Iñaki admira a quienes han conseguido superar el miedo, a pesar de las dificultades. «Yo -puntualiza- no era precisamente de los que iba mucho al Tamarises, en la playa de Algorta. Desde que les pusieron la bomba voy a menudo. Me dije, coño, si a estos les han puesto la bomba es porque no pagan, y si no pagan hay que ayudarles...».

Reconoce que, con el tiempo, ha recobrado un alto grado de confianza y ha alejado, aunque no del todo, parte de sus temores. Cruza los dedos, reza para que el 'alto el fuego' sea definitivo, pero no tiene fe ciega. «No estamos ante cualquier cosa. Estamos hablando de una gente que ha matado a mil personas. Algunos, precisamente, por negarse a pagar el 'impuesto revolucionario'».

EL EMPRESARIO QUE ACABÓ PAGANDO

«Me inquieta pensar qué se habrá hecho con mi dinero»



No pudo resistir la presión. Se rebeló al principio, pero acabó claudicando cuando llegó al convencimiento de que lo suyo no tenía arreglo y que iban en serio. Dedicado a la actividad comercial en el centro de Bilbao, miembro de una saga familiar con muchos antecedentes empresariales, no tenía muchas alternativas. «La empresa no la podía mover, así que sólo me quedaba la opción de cerrarla e irme de aquí o pasar por el aro».

«Al principio -rememora- no estaba dispuesto ni a una cosa ni a otra. Pagar iba en contra de mis principios y cerrar, también. La ilusión de mi vida era que mis hijos continuasen con la tradición familiar de manejar la empresa y quería que ésta perdurase. Cerrarla era como morir yo mismo de forma anticipada».

Javier recibió la primera carta con el remite de uno de sus hijos. Impacto brutal. «El tono se puede decir que hasta era 'amable' si la comparas con las que vinieron detrás. Era un 'usted debe colaborar'... 'el conflicto'... lo de siempre». Pero los eufemismos acabaron pronto. A partir de ahí llegaron más. Otras tres, supuestamente enviadas por el resto de sus hijos y una quinta, la que le derrumbó, con el nombre de su mujer. «Aquella carta era contundente. Me decían que mi actitud de no pagar era chulesca y que a partir de ese momento había pasado a ser 'objetivo personal' de la organización».

Se buscó un contacto con capacidad para «preguntar a ETA hasta qué punto eran serias las amenazas y... la respuesta fue concreta. Iban en serio. Ocultó todo a sus hijos, para no hacerles sufrir y para evitar que fuesen ellos mismos los que le dijesen: «Vámonos, véndelo todo, no queremos que nos dejes la empresa».

No quiere hablar, ni siquiera recordar, cuánto dinero pagó. Un día pasó la frontera con un montón de billetes en el interior de su coche, siguió las instrucciones que le había dado el 'contacto', pagó y comenzó a tratar de olvidar. Misión imposible. «Desde entonces, siempre me inquieta pensar qué se habrá hecho con mi dinero, a dónde fue, en qué se utilizó. Pero... la vida es muy difícil, muy complicada. A veces hay que hacer cosas que te repugnan, como ésta, para seguir tu camino. ¿No saben el daño que le han hecho y que le siguen haciendo a Euskadi!».

También es consciente de que pagar no solucionó sus problemas. Desapareció uno, pero nacieron otros nuevos. Sabe que, si trascendiera públicamente que él ha pagado a ETA, quizá su empresa sería boicoteada por una parte de la población.



EL EMPRESARIO AL QUE NO PEDÍAN DINERO PERO SÍ QUE SE MARCHASE DE EUSKADI

«Me conminaban a irme en 30 días»



Jon perteneció a ETA en la primera mitad de los 70. Fue detenido, salió a la calle con la amnistía que marcó el inicio del camino hacia la democracia y, también en ese primer trayecto de libertad, fue concejal de Herri Batasuna en un municipio vizcaíno. Pero a comienzos de los 80 tuvo que dejar el barco. Le expulsaron después de defender sin éxito que había que abandonar la violencia como estrategia de actuación en el campo de la política.

A partir de ahí, inició una trayectoria profesional en el sector del metal, que más tarde transformó en una iniciativa empresarial que hoy le ha permitido ser socio de un grupo de pequeñas y medianas empresas.

A él no le pidieron dinero, cosa que sí han hecho con otros ex militantes de la organización terrorista que se pasaron al campo de los negocios o que, simplemente, se convirtieron en profesionales con un alto nivel de ingresos. «A mí -admite- me pidieron que me fuese de Euskadi. Hacía muchos años que yo había salido de ese mundo cuando recibí la carta. Al principio dudé de que fuera auténtica, pero la Ertzaintza me confirmó que sí. El mensaje era muy claro. Me conminaban a abandonar Euskadi en el plazo de treinta días o, de lo contrario, debería 'atenerme a las consecuencias'».

¿Su delito? Había osado tomar algunas decisiones en sus empresas que no gustaron nada al sindicato LAB, porque esta organización entendió que desde la cúpula de la compañía se estaba fa- voreciendo a otros colectivos sindicales. «En la carta no me daban detalles ni concretaban las razones de la amenaza. Simplemente, me decían que me había convertido en un enemigo de la clase trabajadora vasca y que no había sitio para mí en esta tierra. No pedían dinero, ni una peseta, sólo que me fuese».

No lo hizo, se quedó y decidió afrontar el reto, con el mismo talante inconsciente que un día le llevó a entrar en ETA, después a tratar de volar un cuartel de la Guardia Civil y más tarde todavía a soportar varios años de cárcel sin perder la autoestima.

No es el suyo, apunta Jon, el único caso en el que ETA renuncia a pedir dinero y demanda al extorsionado que abandone el País Vasca. «El empresario Luis Olarra fue el primero al que la organización le hizo una petición de este tipo. Jamás le enviaron una carta pidiéndole dinero, pero sí que se fuese, que era una persona 'non grata'».



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