Nada más eficaz para rebajar nuestra propia estima que el repaso de las promesas incumplidas, de los propósitos no llevados a término, de las tareas dejadas a medio hacer y de los proyectos arrinconados. Un día nos damos cuenta de que hace meses que dejamos de llamar a un viejo amigo por quien ya no nos hemos vuelto a interesar. Al otro descubrimos entre nuestros papeles el borrador de un informe que quedó bruscamente interrumpido, o una carta recibida a la que nunca dimos respuesta, o el resguardo de matrícula de unos cursos que dejamos a medio hacer.
Salvo que seamos unos inconstantes crónicos, generalmente no sabemos a ciencia cierta el origen de tantos cabos sueltos. Posiblemente unos quedaron abandonados por desidia o aburrimiento, otros porque decayó el entusiasmo inicial que nos había llevado a emprenderlos, o también fue la falta de tiempo o de medios lo que mandó al garete la ilusión del primer momento. El caso es que, quien más, quien menos, todos guardamos una especie de archivo de asuntos pendientes señalándonos con su dedo acusador.
Es cierto que en muchas ocasiones las circunstancias aconsejan romper con una situación o abandonar una actividad que habíamos iniciado. Tan decisivo como porfiar en los empeños es aprender a decir «no» y tirar la toalla a tiempo cuando hay pruebas suficientes de la inconveniencia del camino emprendido. Como advierte Shafique Keshavjee en 'El Rey, el Sabio y el Bufón' (ed. Destino), «hay que distinguir entre la tenacidad y la obstinación: saber insistir y perseverar en la ocasión oportuna, saber igualmente retirarse y renunciar cuando es preciso».
Motivos diversos
Pero existir es insistir. Los grandes avances de la humanidad, individuales y colectivos, pocas veces han sido fruto de un simple impulso inicial. Han requerido largo tiempo y empeños constantes. Han conocido problemas, aplazamientos y fracasos. Hace falta, pues, un adiestramiento en la perseverancia para alcanzar las metas. Demasiado familiarizados con la idea del éxito inmediato, a menudo nos damos por vencidos a la primera dificultad creyendo que no merece la pena volver a intentarlo. Somos criaturas de la prisa incapacitadas para desandar lo andado, enmendar errores y reanudar caminos. Somos el producto de una era donde rige el principio de usar y tirar y en la que los obstáculos han dejado de ser estimulantes desafíos para convertirse en argumentos definitivos para la capitulación.
Los motivos por los que dejamos cada vez más cosas a medio hacer son diversos. Al exceso de comodidad y de pereza se le añade la aparente amplitud de ofertas que nos ofrece una realidad tentadora como un gran supermercado donde basta extender la mano para coger o dejar un nuevo producto. La vida es un bazar de golosinas que no nos propone elecciones decisivas, sino actos de degustación. Si no te agrada esto, prueba eso otro. Cambia de estudios, renueva tu vestuario, elige otra pareja cuando la tuya te empieza a aburrir, hazte una religión a tu medida, abraza una ideología sin compromisos en la que nada sea definitivo. Una apremiante búsqueda de satisfacciones que acaba provocando una insatisfacción de orden mayor.
En determinadas personas, la tendencia a no acabar lo que se empieza es debida a la fragilidad psicológica propia de los individuos inseguros, de los perfeccionistas y demasiado exigentes consigo mismos o de quienes sufren de un acentuado miedo al fracaso. Por eso las conductas de no culminación abundan más en etapas vitales de cambio, mientras que en periodos de estabilidad son más frecuentes las actividades finalizadas.
Evidentemente, emprender algo significa arriesgarse. Cuanto más infravaloremos nuestras aptitudes o más apego mostremos hacia lo ya conocido, mayores probabilidades hay de no acometer nuevas empresas o de abandonarlas a las primeras de cambio. Se calcula que, por término medio, de cada diez proyectos que iniciamos, seis de ellos no llegarán a buen término. Pero bien mirado no es una mala proporción. Hay que fijarse en los cuatro que acaban en éxito y seguir probando sin dejarse abatir por los reveses.
Afán de superación
Se debe a Salvador Dalí el aforismo de que «ninguna obra maestra es producto de la pereza». Contrariamente a la imagen más extendida del creador como sujeto inestable, temperamental y poco constante, el arte ofrece infinidad de ejemplos de cómo el trabajo continuo acaba imponiéndose sobre las dificultades. El toque está en avanzar con optimismo y afán de superación.
«El que resiste, gana», repetía Camilo José Cela haciendo suya una sentencia compartida por todos los grandes científicos, emprendedores y artistas. Pero es esa capacidad de resistencia la que parece estar actualmente más debilitada por efecto de una cultura que se niega a creer en el esfuerzo. Así como pulsamos un botón para cambiar el canal del televisor cuando no nos satisfacen las imágenes que tenemos en pantalla, en otros órdenes de la vida tendemos también a una especie de «zapping» sin tregua. Tan pronto abandonamos la lectura un libro a las primeras de cambio como cambiamos de compañías en un carrusel de relaciones fugaces e inconstantes donde nadie concede a nadie una segunda oportunidad. Puede ser una señal de libertad, sin duda. Puede tratarse de una inteligente renuncia a obstinarse en algo que no merece la pena. Pero no vendría mal poner un poco más de empeño en terminar lo que hemos empezado: tal vez sacáramos más beneficio del previsto.