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Domingo, 9 de julio de 2006
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SOCIEDAD
CARTA DEL CORRESPONSAL

BERLÍN
El milagro alemán
Acomplejados durante seis décadas, los habitantes del país más próspero de Europa exhiben en público su orgullo patrio El fútbol ha obrado el milagro: ha vuelto la alegría de vivir
El milagro alemán
SÍMBOLOS. Exhibición de banderas alemanas en la calle al final de un encuentro ganado por su selección. / REUTERS
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CARTA DE AMOR
Josef Wagner, columnista del 'Bild', escribió hace días: «Amada, hermosa y nueva Alemania. La palabra más hermosa en cualquier idioma es amor. Pero cuando nosotros, los alemanes, decimos 'amamos a nuestro país', la palabra adquiere una connotación peligrosa. Fuimos un país raro y éramos extranjeros en nuestra tierra. ¿Qué ha pasado que ahora hemos vuelto a amar a la nación sin vergüenza?».

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Había una vez un país que era serio, amante de la puntualidad y el orden, temeroso de su pasado y recatado en sus sentimientos más íntimos. El país era conocido en el mundo entero por su marcada antipatía hacia los extranjeros de piel oscura, su recato a la hora de expresar emociones y su fatalismo sobre el futuro. Sus vecinos le temían y no ocultaban una cierta envidia al constatar que el país, después de haber quedado en ruinas hace poco más de 60 años, había logrado convertirse en la primera potencia económica de Europa. Pero el país tenía un complejo, un sentimiento parecido al miedo, que impedía a sus habitantes sentirse orgullosos de sus logros y sus símbolos.

Ese complejo tenía un nombre, Tercer Reich, y un protagonista, Adolf Hitler. Cuando el imperio que debía durar 1.000 años sucumbió ante los aliados, los habitantes de este país descubrieron los crímenes cometidos por los nazis, se colgaron al cuello la pesada carga de la culpa colectiva y admitieron que cualquier señal del patriotismo alemán podía ser vista como un resurgimiento del capítulo más oscuro de la historia del país.

¿Quién se atrevía a decir en voz alta «me siento orgulloso de ser alemán» hace tan solo un par de meses, ante el temor de ser etiquetado automáticamente como un peligroso neonazi? Nadie. Pero hace sólo cuatro semanas Alemania inauguró el Campeonato Mundial de Fútbol en Múnich con una victoria deportiva y una fiesta cultural que pretendía convencer al mundo para que mirara al país con nuevos ojos. Y todo cambió. La magia del fútbol despertó entre los alemanes un sentimiento prohibido durante décadas: comenzaron a aplaudir a su propio país. Desde el 9 de junio, un halo mágico flota en el aire y Alemania, cuya historia terrible dejó profundas huellas en la conciencia colectiva de la nación, está inmersa en una inédita mezcla de alegría de vivir y despreocupación. El sol brilla, las banderas ondean en todas partes, la cerveza fluye y sus ciudadanos se han convertido en extrovertidos, amigables y, lo que es más importante aún, tolerantes.

Desde hace cuatro semanas, la prensa intenta descubrir el detonante del nuevo milagro alemán y hay quienes creen que el Mundial puede ser el feliz culpable. La revista 'Focus' bautizó el fenómeno como «la hora de los patriotas» y el influyente semanario 'Der Spiegel', bajo el título «Alemania, un cuento de verano», resaltó el «ambiente mediterráneo» y el «patriotismo desinhibido y abierto» que se respira en las calles gracias al fútbol.

Es cierto. Después de vivir 16 años en este país, primero en la aburrida Bonn y más tarde en Berlín, puedo afirmar que Alemania se ha vuelto adulta y, gracias a la magia del fútbol, ha recuperado la normalidad perdida por culpa de su pasado. Y no he sido el único. Mi colega de París, Fernando Iturribarría, descubrió la amabilidad de la Policía que lo escoltó para llegar a su destino y un amigo periodista de la revista 'Stern' me confesó no hace mucho que se sentía feliz de ser alemán.

La filosofía de Klinsmann

El fútbol ha cambiado al país. Angela Merkel se volvió una hincha fanática, y no tuvo vergüenza en abrazarse y besarse en público con Franz Beckenbauer después del triunfo sobre Argentina. La comunidad turca de Berlín se hizo alemana, los neonazis se escondieron en sus casas y no ha habido ningún incidente digno de mención en la famosa 'milla del aficionado', donde el martes casi un millón de alemanes lloraron la derrota de su equipo.

«Estoy orgulloso de mi país», proclamó el presidente de Alemania, Horst Köhler. Jürgen Klinsmann, el técnico de la selección, sostiene que el torneo ha sido un enorme éxito. «Hemos logrado mostrar una nueva cara al mundo y esto es algo de lo cual todos debemos estar orgullosos», dijo.

Pero hay más. Klinsmann y su equipo acabaron casi de la noche a la mañana con el pesimismo y lograron inyectar a la nación una rara dosis de optimismo y fe en la victoria. Klinsmann revolucionó las viejas estructuras de la Federación de Fútbol y devolvió al equipo un inédito espíritu combativo que enloqueció a los aficionados y dejó pensativos a los políticos -sobre todo a la canciller Merkel- cuando leyeron el domingo pasado un editorial del 'Bild am Sonntag', titulado «Modelo Klinsmann para Alemania». El diario sugería que la jefa de Gobierno debe copiar la filosofía del seleccionador alemán, que tuvo la valentía de tener nuevas ideas, cuestionar las viejas estructuras y perseguir sus propias metas con coraje. ¿Quién podía pensar hace sólo dos meses que un entrenador podía ser un ejemplo para la nación? Nadie, pero ya sabemos que el fútbol es mágico.



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