«Si queremos que todo quede como está, es preciso que todo cambie». 'El Gatopardo' ha legado a la memoria cinéfila la célebre frase pronunciada por el sobrino del príncipe Fabrizio de Salina, justificando por qué se ha enrolado en las huestes revolucionarias de Garibaldi, unificador de Italia y enemigo a muerte de la aristocracia siciliana.
Este año se cumple el centenario del nacimiento de Luchino Visconti en el seno de una riquísima familia milanesa, cuyo pasado nobiliario se remonta a las Cruzadas. Nadie mejor que él para adaptar la novela de Giuseppe Tomasi, duque de Palma y príncipe de Lampedusa. El director hace que la perspectiva del espectador se identifique con la del protagonista, el príncipe Salina, un noble envejecido prematuramente, que ama los perros y las estrellas, y observa con escepticismo creciente el nuevo orden que trae consigo la revolución de Garibaldi. Percibe con desencanto la suave mediocridad que hermana a garibaldinos y burgueses en el arribismo. Toma conciencia del próximo fin de su clase.
'El Gatopardo' es la crónica escéptica y agridulce de un mundo insular donde, pese a las grandes convulsiones políticas y sociales, nada cambia. Visconti dibuja un gran fresco preñado de melancolía, que opone frenta a la decadencia de los aristócratas la vulgaridad y ambición de los nuevos ricos. Burt Lancaster, para siempre el príncipe Salina, baila mientras el mundo se desmorona: «¿Nosotros fuimos los gatopardos, los leones; los que nos sustituyan serán los chacales y borregos!».