¿Quién no tiene un amigo, un familiar, una conocida desarrollando en este instante de su vida algún tipo de práctica oriental, fuera aparte de la tortura china?
Ya no sé si es feng shui, tai chi, chikoon, jiujitsu, kung fu... Lo oriental ha invadido el tiempo de ocio con furias desproporcionadas. Los veinteañeros y los cincuentones se anudan sus cinturones y se ajustan los kimonos dispuestos a emular a Jet Li, los primeros, y a Bruce Lee, los segundos; además, redecoran sus moradas de acuerdo con la orientación y posicionamiento a los que lo oriental obliga.
La moda, la tendencia, llámese como se quiera, ha hecho furor en la disciplinada mente vasca, así que las hordas emuladoras del pequeño saltamontes invaden gimnasios en busca de filosofía zen, se embeben de ceremonias de té e incluso mi aitite valora la posibilidad de buscar relajo espiritual a través del chikoon.
Todo está muy bien, lo oriental mola, pero... ¿O no hay peros? La transversalidad del mundo global hace que Asia esté a tiro de piedra, que la capoeira (ese baile brasileño de origen africano) merezca un hueco de casi una semana en la programación cultural, que los cincuentones y cincuentonas recuperen y reacomoden su espíritu a los nuevos aires, que los veinteañeros descubran y miren más allá de su propio ombligo...
No está de más poner un toque exótico en la vida, más allá de Shogun el manga o el señor Carradine recorriendo los polvorientos caminos del Oeste americano... Aún con todo, he de confesar que he intentado redecorar mi casa con el espíritu del feng shui presente pero... (y aquí sí lo hay) no me sale.