Para celebrar el trigésimo aniversario del festival de jazz vitoriano, la organización presentó ayer un concierto fuera de los escenarios habituales. Una gala, como la bautizó el director del certamen, Iñaki Añúa, con un trío formidable.
Brad Mehldau sigue siendo joven, pero ya no es una promesa de gran pianista sino uno de los más interesantes instrumentistas del jazz actual. Ante un Teatro Principal casi lleno, demostró que continúa con el pensamiento fresco, con dotes de improvisación estupendas y con un control del ritmo, de la melodía y del resultado final del conjunto sencillamente inmejorables.
Pero el concierto no fue de Brad Mehldau, sino del trío completo. Larry Grenadier, con su contrabajo, lleva bastante tiempo junto a Mehldau y ahora se ha unido a ellos el batería Jeff Ballard. Lo importante es que tocan de una forma muy compacta. En el escenario vitoriano no sonaba el solo de uno seguido del alarde virtuosístico del otro, también en solitario, y luego del tercero para cerrar todos juntos el tema con una coda final. Hubo solos, por supuesto -en ningún caso muy largos-, pero durante casi toda la sesión sonaron los tres instrumentos a la vez.
Además, las músicas incluían alardes contrapuntísticos muy notables, con estructura muy compleja. Por ejemplo, el piano tocaba a un ritmo de adagio, mientras batería y contrabajo interpretaban como auténticas locomotoras, a toda pastilla. La música no sólo no descarriló sino que creó uno de los momentos más interesantes y agradables de todo el recital.
Gran sonido
Aquellos que habían oído en ocasiones anteriores a Brad Mehldau pudieron asistir ayer al teatro con la idea de escuchar a un gran pianista, con una visión muy romántica y relativamente fácil del jazz. Ha evolucionado en una línea muy diferente y muy exigente. El recital no fue en ningún momento una sucesión de temas complejos y melodías inverosímiles, pero sí exigió atención para disfrutarlo por completo.
Así, la serie de variaciones sobre un tema convencional de bossa nova demostró que la fluidez de las ideas musicales de estos tres artistas, la comunicación y complicidad que tienen entre ellos y su suficiencia técnica no es una casualidad, sino la suma de genio y mucho trabajo. Sin perder, por supuesto, la frescura. Tocaron a Oasis, Sound Garden, el tema que da título a su último disco 'Day is Done', blues: un poco de todo. Un par de propinas y un público entregado tras nada menos de dos horas de recital.
Un comentario merece la sonorización del concierto. Todo sonó muy bien, pero pudo llamar la atención que al piano se le escuchaba, precisamente, 'piano', no muy alto. Con seguridad éste era un efecto buscado por Mehldau y el sonido total era como más compacto, en una mezcla que resultaba íntima.