Hace 2.000 años el mundo escuchó un anuncio asombroso. Un judío llamado Jesús, hijo de un carpintero de Galilea, muy conocido en su comarca, gritaba una pretensión inaudita: Yo soy el Hijo de Dios. Medio siglo después se proclamaba en el areópago. A principios del siglo IV era la religión oficial del imperio romano.
Dos mil años después de aquel acontecimiento radical, el máximo exponente del pensamiento filosófico europeo, Jürgen Habermas, profesor de la escuela de Frankfurt y padre del patriotismo constitucional, y el entonces cardenal Ratzinger celebraron el 19 de enero del 2004 un diálogo en la Academia Católica de Munich sobre los fundamentos morales prepolíticos del Estado liberal, desde las fuentes de la razón y de la fe. La diversidad de las posiciones de uno y otro respecto a las raíces de la legitimidad del Estado democrático puso de relieve la difícil conciliación entre revelación y razón. Pero también hubo coincidencias entre ambos en la necesidad de controlar los peligros que religiones y razón suponen para los derechos del hombre, mediante lo que Habermas califica de aprendizaje recíproco entre razón y fe, y Ratzinger expresa como necesario diálogo entre razón y religión
Hoy se continúa en Valencia y en España el diálogo bimilenario entre fe y razón. Nos visita el signo vivo de la pretensión cristiana, el Papa de Roma. Y, precisamente, cuando en España esos principios políticos y sociales anteriores a la propia existencia del Estado, como la familia, el matrimonio, la intangibilidad de la vida, la educación en libertad y el amor a la patria, están siendo cuestionados, mientras se rompe la concordia básica necesaria para la vida de la 'polis', de la ciudad.
Hoy los españoles somos interlocutores privilegiados es ese diálogo que, no por casualidad, se da en el contexto de una jornada mundial dedicada a la familia. El español que quiera vivir despierto habrá de abrir el oído a las palabras de nuestro ilustre visitante y tomar posición ante ellas. Estamos ante un coloso del pensamiento contemporáneo que trae una propuesta que no es suya o fruto de su pensamiento: la de Cristo como Verdad con mayúsculas, como camino que merece recorrerse, como la única vida que es digna de fe. Y una propuesta dirigida a cada uno de nosotros.
Nadie que pretenda ser honesto consigo mismo puede dejar de confrontarse con ella. La recepción que le hagamos no será indiferente para nuestro futuro, individual y colectivo; nos retratará, querámoslo o no.