Se cuenta, por muchos de los que la conocieron, que la Plaza Nueva bilbaína tuvo vida propia. No sólo por el universo humano y material muy particular que la diferenció del resto de la ciudad, sino porque su fisonomía cambió en función de las modas y de los caprichos de las autoridades, siempre, al parecer, sabias en estos cometidos de hacer mudar calles, plazas y jardines. Buena prueba de ello ha quedado grabada en muchas fotografías en las que puede verse que en el centro de la Plaza Nueva se encontraba el monumento a Don Diego López de Haro -esto desde el 31 de agosto de 1890- y posteriormente un quiosco de música con un 'cacaleku' en su base. Completaban el cuadro palmeras y plantas diversas. Pero antes de que se inaugurase la estatua de Benlliure, el centro lo ocupaba «un pequeño estanque bordeado de ranas de hierro por cuyas bocas salen surtidores», según recordó Indalecio Prieto.
Durante aquellos años de la segunda mitad del siglo XIX, la principal atracción de la Plaza Nueva, sobre todo para los niños, era el rótulo de la zapatería del Riojano que se encontraba muy cerca de la cuchillería de Zamacois y al lado de la tienda de comestibles de Manteca. Aquel original cartel estaba compuesto por ondulaciones verticales gracias a la cuales si se le miraba por la derecha se podía leer 'Zapatería', y si se le miraba de frente aparecía el nombre de 'El Riojano'. Semejante innovación en el mundo de la cartelería provocaba que los niños y también algún adulto se plantasen frente a la zapatería y fueran de derecha a izquierda y viceversa, quedando extasiados por un efecto casi mágico.
Uno de los locales más lujosos de la Plaza Nueva de entonces fue la peluquería de Carbonell. Francés de origen, con el tiempo se convirtió en el protagonista de una de de las bilbaínadas más conocidas: «A ese ladino francés le tocó la lotería; en la Plaza Nueva ha puesto una gran peluquería». Lo cierto es que se desconoce si su negocio fue producto del juego, aunque no le faltaban recursos económicos. De él era la famosa casa de los «Tres Pilares donde estuvo el Centro Obrero y antes una mansión non santa». Es decir, de mujeres de vida alegre.
Bombillas blancas y rojas
La Plaza Nueva también albergaba las oficinas de Telégrafos y la Diputación -sede de Euskaltzaindia-. Precisamente, en aquellos años todos los centros oficiales, a excepción de Correos, se encontraban en el Casco Viejo. El Ayuntamiento estaba aún en la Plaza Vieja, junto a San Antón; el Gobierno Civil, en la calle Santa María; la Jefatura de Obras Públicas, en Jardines; la delegación de Hacienda y la Aduana, en la Plazuela de San Nicolás y la Comandancia de Marina, en el muelle de El Arenal.
Otro de los negocios emblemáticos de la Plaza Nueva era la relojería de Luis Bringas, y junto a ella «el portal de la Sociedad Bilbaína y dentro de él la caseta de Irala, donde se venden diarios y revistas de Madrid». Casi en el porche contrario se hallaba el Café de Murga y la lotería de Salvidegoitia. Esta última era la administración que más fama tenía en Bilbao. Se decía que era la que más premios daba aunque, como aclaró Prieto, la razón de aquella virtud era de una sencillez extraordinaria: «las administraciones que parecen más favorecidas por la fortuna son aquellas donde se venden más billetes».
Otro de los universos particulares del Bilbao del XIX era El Arenal. El área de esparcimiento y relax de los bilbaínos. El rincón de los paseantes que mostraba su mejor cara en las noches de agosto. Entonces se adornaba con una «iluminación de gas formada con bombillas blancas y rojas, colores de la bandera de la matrícula de Bilbao». A lo largo de las filas de bombillas mediaban arcos en cuyo centro aparecía el escudo de la villa. El Arenal era un lugar para todos. Como bien escribió Prieto, en «el paseo se confunden, sin distinción, todas las clases sociales, porque Bilbao es por entonces una auténtica democracia».
En aquel mundo lúdico, destacaba por su sempiterna presencia la señora Pepita, «la del puesto de caramelos». Conocidos como los «caramelones», aquellos dulces de campeonato era unas barras de «un decímetro de longitud, con vetas, en espiral, de menta, bergamota, malvavisco y otras esencias». Junto a Pepita, otro de los personajes más conocidos fue Jordá, un músico militar que cuando se licenció se quedó en Bilbao, donde se ganaba la vida tocando la flauta. Lo original de aquel músico excastrense era que tocaba la flauta con la nariz, con lo que no era extraño verla «sucia de moco».
Kurding Club
Lugar emblemático de El Arenal fue la taberna de Caramanchel. Este nombre, que muchos confunden con Carabanchel, es una palabra muy usada en América Latina. En Chile se denomina caramanchel a «cualquier despacho modesto de bebidas, refrescos y alimentos ligeros para gente pobre». Los dueños del Caramanchel bilbaíno fueron los Pérez Yarza. Justo encima de esta taberna estuvieron las oficinas de don Eduardo Aznar, el patrón empresarial de una de las flotas más impresionantes de cuantas han existido en Bilbao. Este genio de los negocios, junto a Víctor Chávarri y a don José María Martínez de las Rivas, de igual nivel que los otros dos, pertenecieron en su juventud a unos de los clubs más famoso y escandaloso de la Villa: el Kurding Club, «donde se rendía culto al buen comer y al buen beber».
Su sede estuvo en la calle Arenal, frente a uno de los laterales del Arriaga. Este club de señoritos fue todo un canto al cachondeo ante el cual ni los sermones desde los púlpitos sirvieron para echarlo abajo. Hizo falta un escándalo de los buenos para que aquel círculo orgiástico cerrara sus puertas. Todo sucedió en una excursión al Balneario de Puente Viesgo al que los socios acudieron con compañía femenina. Allí, «al comer y al beber se junto el arder» y la imaginación de los que escucharon el cotilleo hizo el resto. Incluso, se llegó a contar que las pilas de los baños del balneario se llenaron de champán.