De orígenes angoleños pero fraguada en el Brasil del siglo XVI, la capoeira es mucho más que un baile. Camuflada en forma de danza, esta expresión cultural esconde una feroz batalla corporal sin llegar a pegarse, un símbolo de libertad, una filosofía, un folclore y un deporte. Todo en uno. Y es que su origen no es otro que la necesidad de los esclavos africanos de ocultar este arte marcial haciéndolo pasar por un baile, ya que los portugueses les prohibían pelear o practicar cualquier tipo de deporte.
Bilbao es durante estos días la sede del primer campeonato del mundo de una disciplina que ya practican cerca de veinte millones de personas. Y el número de aficionados no deja de crecer. Decenas de ciudadanos fueron cómplices ayer de acrobacias imposibles, de reflejos de vértigo y de una estética visual espectacular. La explanada del Guggenheim fue, por una vez, el lienzo de una obra de arte.
Minutos antes del comienzo de la exhibición, algunos capoeiristas calentaban dando volteretas, bailando o agitando los brazos y los pies. Algunos seguían ritmos con el 'atabaque', mientras otros se limitaban a refugiarse del sol bajo la sombra de cualquier árbol o a meter la cabeza en la fuente. «¿Dios mío, qué calor!», repetía constantemente un grupo de jóvenes espectadoras. Y no era para menos. A primera hora de la tarde, los termómetros superaban los treinta grados.
Ataviados con pantalón blanco (como manda la tradición) y con unas camisetas verdes diseñadas para la ocasión, los participantes formaron en filas hasta ocupar prácticamente toda la explanada del Guggenheim. Dirigidos por el maestro Balú y acompañados de los ritmos de los 'atabaques', 'caxixis', 'birimbaus', 'panderos' y 'agogós', más de cien capoeiristas bailaron, lucharon, cantaron y, sobre todo, se divirtieron.
Control del cuerpo
Entre los participantes estaba Daniel, un niño almeriense de 10 años que empezó a practicar este deporte hace cinco meses. «Lo que más me gusta de la capoeira es todo. Por eso lo hago», dice. Nescau, un profesor brasileño de 24 años, asegura que «lo único que hace falta es improvisación, agilidad, complicidad con el compañero y control del cuerpo. La edad no es un obstáculo para la capoeira. Cualquiera puede practicarla».
Junto a las escaleras del museo de Gehry bailaba Mercedes, una turista madrileña. Al visitar el Guggenheim se encontró «de casualidad» con la exhibición de capoeira. Los ritmos africanos le contagiaron y no dejó de mover los pies. «Me gustaría saber bailar, aunque, la verdad, no sé muy bien de qué va esto», sonríe.
Pero no es la única. «Estoy aquí porque tengo un hijo que baila, o lucha... ¿o lo que sea!» Es la primera vez que Mariasun disfruta en directo de este arte marcial disfrazado de baile. Y es que la ocasión lo merece.
Hoy, a partir de las 14.00 horas, se baja el telón. El maestro Balú y los suyos se irán con la música a otra parte y dejarán Bilbao huérfano de África. Pero seguro que más de uno ya está practicando delante del espejo patadas al aire y volteretas invertidas. Lo que es la capoeira, una lucha disfrazada de danza.