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Lunes, 10 de julio de 2006
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DEPORTES
CICLISMO
En la escuadra de Ferrari
El T Mobile exige a tres de sus corredores que rompan su colaboración con el médico italiano, el 'Mito' de la preparación
En la escuadra de Ferrari
EN GRUPO. El T Mobile protegió a su líder Gonchar durante la etapa de ayer. / EFE
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Igual es mejor que el ciclismo pierda la memoria. Pero no es fácil. Incluso con el Tour abierto, siguen los latigazos del escándalo. El T Mobile, el equipo más poderoso de la carrera, ha exigido a tres de sus corredores, Rogers, Mazzoleni y Sinkewitz, que rompan cualquier relación de Michele Ferrari, antiguo preparador de Armstrong, Rominger, Chiapucci, Berzin.... El gurú que comparó la EPO «con un zumo de naranja». El 'Mito', que ése es su apodo. El 'inmortal', que ésa es su condición. Pese a haber sido condenado a once meses de inhabilitación y un año de cárcel por fraude deportivo y abuso de la profesión farmacéutica, sigue ahí. El juez del 'caso Simeoni' le tachó. O eso pareció. La petición del T Mobile ha recuperado su nombre de la sombra. Para unos es el mejor entrenador del mundo. Para otros, el vértice de otra lista maldita. Hasta los años 80, el ciclismo estaba vedado a los médicos. Los ciclistas locos arriesgaban con los estimulantes. Los doctores llegaron para protegerles de sí mismos. Centinelas de su salud. Pero por ahí ingresaron también otros con menos escrúpulos. Al ciclismo no le vendría mal un poco de amnesia.

Hace casi 30 años, dos practicantes de 'footing' se cruzaron sobre el césped de la Universidad de Ferrara. Uno daba clases de biología en la Facultad de Medicina: Francesco Conconi. El otro era un joven alumno que corría para recuperarse de un accidente de montaña: Michele Ferrari. De esa fecha data la revolución industrial del ciclismo. La ciencia comenzó a sprintar. Se supo más tarde: en 1984, en México, cuando Francesco Moser desbarató dos veces en cinco días el récord de la hora de Merckx. Conconi estuvo allí. Era su preparador. Su diseñador. Y Ferrari, su alumno. El ciclismo comenzó a ser un deporte de apodos. 'El Mago', le decían a Conconi. O 'Doctor Sangre'. En aquella época, la EPO, un oxigenador de la sangre, se convirtió en la pócima mágica. Era indetectable. Comenzó entonces una carrera paralela. De escuderías. La de Ferrari: Rominger, Argentin, Berzin, De las Cuevas, Chiapucci, más tarde Armstrong.... La de Luigi Cechini: Riis, Bartoli, Casagrande, Ullrich.... Y la de otros competidores de bata blanca, como Eufemiano Fuentes, Massimo de Ritis (denunciado por Gaumont) o Carlo Santuccione, preparador de Di Luca.

Bugno, Chiapucci...

El pelotón se dividió entre los médicos que velaban por la salud de los deportistas y los que se preocupaban de su rendimiento. Ferrari se transformó pronto en la referencia. Por sus manos pasó buena parte del renacimiento italiano. Bugno arrasó en la Milán-San Remo y el Giro; Argentin, en las clásicas belgas; Chiapucci llegó al segundo puesto del Tour. Ferrari inauguró una nueva profesión: la de médico-entrenador. Pasó de cobrar 6.000 dólares al año por el seguimiento de Moser a convertirse en el eje de la estructura deportiva del equipo Chateau d'Ax, con Rominger y Bugno a sus órdenes. Tenía al alcance la posibilidad de amasar una fortuna. La cogió. Había crecido pobre. Se casó demasiado pronto, con apenas 20 años y con la carrera de Medicina sin terminar. Tuvo que trabajar y, por eso, meter en un cajón su carrera atlética como mediofondista.

La eclosión de Ferrari coincidió con un maillot mítico, el del Gewiss. Le acababan de echar del Mapei. Squinzi, el patrón, le miraba con malos ojos. El médico, creyó, acaparaba demasiado poder sin ocupar siquiera una plaza oficial en el equipo. Por eso Ferrari acabó en el Gewiss. Ahí se produjo uno de los fogonazos de la historia de este deporte: tres corredores del Gewiss, Argentin, Furlan y Berzin, arrollaron en la Flecha Valona. Triunfo por aplastamiento. Total. El magnetismo del médico italiano se hizo irresistible. «En cuestión de dopaje, todo lo que no aparece en los controles está permitido», defendía. Cuando en 1998 la policía de aduanas se incautó de un arsenal de EPO en un coche del Festina, al médico del equipo galo, Erik Rijckaert, le llamaban 'Doctor Punto'. Era una comparación entre la cilindrada de un 'Fiat Punto' y un 'Ferrari'.

A mediados de los noventa, Ferrari se ocultó. Abandonó las carreras. Los equipos. Sus clientes eran particulares. Ciclistas con bolsillos de oro. Con hematocritos que rozaban el 60 % «Soy como el resto de los médicos. Jamás haré algo que pueda perjudicar a un paciente», dejó dicho. Uno de sus 'pacientes', Rominger, le defendió siempre: «No es mi médico, es mi preparador». Lo mismo aseguró Armstrong en el Tour de 2001. Un año antes, en la etapa con final en Morzine, el americano había llamado a Ferrari por teléfono y desde el asfalto para consultarle sobre las posibilidades de Pantani, que aquel día había lanzado un ataque suicida. Cuando, ya en 2005, un juez de Bolonia condenó al médico transalpino, Armstrong anunció que cortaba su relación con él.

Ahora vuelve a sonar su nombre. El 'Mito'. Un 'Ferrari' en el ciclismo. Un viejo nombre que abarca dos décadas. Un pedazo del pasado lejano y reciente que no casa con la segunda revolución del ciclismo, la que han iniciado la 'Operación Puerto' y este Tour. Quizá sea mejor quemar el ciclismo actual y construir uno nuevo a partir de las cenizas más limpias.



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