Roger Federer ganó ayer su cuarto título consecutivo en las pistas de Wimbledon en una final en la que Rafa Nadal ofreció espíritu combativo y buenos golpes, pero en la que el suizo demostró -tras perder tres finales con el mallorquín en tierra batida- control y superioridad en el juego en las pistas más rápidas de hierba.
Si Nadal es un tenista esforzado, que reta al rival a una batalla de resistencia física, Federer es un atleta de la simplicidad. Todo su juego parece obra de la sencillez. Encuentra siempre más tiempo que su rival para llegar a la bola, para componer los golpes. Y el resultado es una fluidez insólita, quizás como nunca se ha visto. Los sicólogos deportivos de Estados Unidos han acuñado el término «estar en la zona» para representar al deportista que avanza hacia la victoria. La zona es un lugar donde no hay angustia sobre el resultado, donde no existe la ansiedad ni la duda. Es estar en el momento presente, en una conciencia de armonía.
Federer estaba en la zona desde el primer punto en la pista central de Wimbledon y Nadal se veía a sí mismo jugando en su primera final londinense. El mallorquín se llevó el primer punto con el resto y luego igualó a 30, pero el rival se asentó y ganó el juego merced a su primer servicio.
Fue su arma más poderosa durante todo el partido. Forzó constantemente el servicio a las líneas laterales, sacando a Nadal de la pista para obligarle a restar en un lugar y a una altura de bote a la que no está acostumbrado. Sobre esa base construyó un dominio implacable en el primer 'set'. Si Nadal no había perdido ningún juego con su servicio en todo el torneo y había llegado a salvar nueve puntos de ruptura del servicio en su semifinal contra Marcos Baghdatis, ya en el segundo juego de la final las cosas habían cambiado. Salvó el primero, pero en el segundo cayó estrepitosamente.
Fue un punto precioso. Nadal se mostraba dubitativo, sus bolas quedaban cortas y permitían los golpes agresivos de Federer, que le rompió el servicio tras alcanzar con aparente facilidad una bola cruzada a la misma esquina, que parecía un punto para Nadal, pero que Federer convirtió en un resto letal a lo largo de la línea.
Allí pareció descomponerse el manacorí, que no tenía ritmo, que se sentía manipulado al arbitrio de los golpes del suizo, que se fue al 0-4 en quince minutos, al 0-5 con un juego en blanco y al 0-6 con un 'passing' cruzado de revés. Había en sus golpes todo tipo de variedad y de soltura. Y entró el 93 por ciento de sus primeros servicios.
Pero Rafa Nadal es un deportista de una madurez asombrosa para alguien que tiene 20 años recién cumplidos. Disipó el temor de que su primera final en Wimbledon fuese traumática rompiendo el servicio de Federer en el cuarto juego del segundo 'set'. El público creía aún en el partido, que ofrecía tantos insólitos en los torneos recientes, con los dos tenistas golpeando desde el fondo de la red en puntos prolongados, más propios de la tierra batida. Avanzaron por el parcial ganando juegos en blanco con su servicio. Nadal, con 5-4, sirvió para ganar el segundo 'set'. Pero entonces se salió de nuevo de la zona.
Declaración de ansiedad
Había dado ya muestras de nerviosismo, pero ese juego fue una declaración de ansiedad y de duda. Se llegó al 15-30 por dos errores de Nadal, al 15-40 con una doble falta y al empate a juegos con una bola que se le fue larga. Pensó que iba a ganar a Federer y así se descompuso.
Aún así aguantó, apelando a su resistencia. Ganó el punto para el 6-6 con un 'passing' de revés espectacular tras recomponerse de un resto que le obligó a ponerse en cuclillas para quitarse la bola del cuerpo. Y dio la sensación de sentirse de nuevo pletórico en los primeros puntos de la muerte súbita. Pero perdió la posibilidad de colocarse 4-2 como consecuencia de algo que repitió a lo largo del partido. Se esforzó una y otra vez en correr metros adicionales, hasta salirse de la pista, para dar a la bola con el 'liftado' de arriba con su izquierda y evitar el revés. Apretado por la velocidad del juego en hierba, la tiró fuera. Se descompuso de nuevo y perdió el 'set'.
El tercer acto fue metódico. Federer forzó la igualada en el tercer juego, Nadal, en el sexto. Pero cada cual mantuvo su servicio y ambos dieron una sensación, con juegos en blanco, de que se habían resignado a jugarse de nuevo el 'set' en el 'tie break', que esta vez cayó del lado de un Nadal ya relajado de presiones.
El suizo mantenía su fluidez en los golpes, pero siempre da la sensación de que su mandíbula es frágil, de que si encaja un par de disgustos seguidos en el tanteador se hace más errático. La muerte súbita la ganó Nadal ante un Federer que parecía fallón incluso en pelotas que eran relativamente fáciles.
El desenlance se decidió en el cuarto juego del tercer 'set'. Nadal había corrido de nuevo hacia atrás, buscando su golpe preferido, apretado y descolocado, pero dio el juego con una volea disparatada, que no tiró a la grada por poco. Había viento ayer en Wimbledon y remolinos en la pista central. Quizás esa es la justificación.
«Debo felicitar a Roger, es un jugador increíble», dijo Nadal al concluir el partido. «Felicito a Rafael por su torneo. No creí que llegaría a la final, en donde esperaba a Roddick o a Hewitt», apuntó Federer. Es una gran rivalidad deportiva. La que permitió ver un tramo final del partido en el que Nadal aún tuvo el pundonor de romper el servicio a Federer e ir del 1-5 al 3-5. Federer selló la intriga rompiendo el servicio de Nadal en blanco. El guante ya ha quedado lanzado para 2007.