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Lunes, 10 de julio de 2006
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Quien fuera durante tantos años Prefecto de la Congregación de la Fe ha vuelto a confirmar que sabe muy bien que ahora, como Benedicto XVI, ejerce un papel diferente, el de Papa de la Iglesia universal. En efecto, sus dos intervenciones principales en Valencia han consistido en una formulación en positivo de la doctrina católica sobre el matrimonio y la familia, pero evitando toda incursión en la coyuntura política española, como algunos deseaban y otros temían.

No cabía esperar formulaciones novedosas del Papa en un tema tantas veces tratado por él y sus predecesores. Pero llama la atención la concisión del mensaje y la preocupación por destacar que el matrimonio es la unión indisoluble de un hombre y de una mujer. Aquí está el origen de la familia definida como el «espacio fundamental de la vida humana», «lugar donde se da y se recibe amor».

Pero el Papa, que ha evitado las referencias a las medidas legislativas del Gobierno español que tanto han molestado al episcopado de nuestro país, con su conocida preocupación intelectual por ir al fondo cultural de los problemas de nuestro tiempo no ha dejado de poner en guardia contra un relativismo que se despreocupa de la verdad objetiva inscrita en la realidad y contra un individualismo que desconoce los vínculos sociales constitutivos de toda personalidad. Y, por eso, propone la visión cristiana del matrimonio como algo razonable, que responde al orden natural y que es un inapreciable bien social. La Iglesia defiende un concepto del amor como compromiso estable, que exige preparación y cultivo constante, algo diferente a la visión posmoderna del amor cuya duración es la de una afectividad gratificante.

El mensaje papal deja muchas cuestiones abiertas. Ha hablado del ideal del matrimonio y de la familia, pero no ha abordado los innumerables y complejas situaciones que se plantean continuamente y afectan también a numerosísimos cristianos. Pensemos en los matrimonios reconstituidos tras un divorcio, en las uniones homosexuales, en los problemas de la sexualidad y del control de la natalidad. En mi opinión, son también el amor y la misericordia los principios supremos que deben presidir las actitudes en tales circunstancias y no unas presuntas leyes universales incapaces de hacer justicia a la inmensa complejidad de la realidad. Más aún, la calidad de toda relación humana depende del amor que en ella se exprese, lo que es una exigencia muy seria y requiere un respeto total.

Quizá el mayor cambio social de nuestro tiempo es al que afecta a la mujer, con su incorporación al mundo laboral y a la vida pública, junto a la posibilidad de controlar la natalidad, lo que tiene consecuencias radicales en el matrimonio tal como se entendía tradicionalmente en nuestra sociedad. Es necesario, como hace el Papa, subrayar las características antropológicas del verdadero amor, pero habría que denunciar las situaciones de injusticia, de pobreza y de trabas a la mujer en el trabajo que, en muchos lugares, son obstáculos gravísimos para una auténtica vida familiar.

Este encuentro mundial tenía como lema 'la familia transmisora de la fe'. Pero la familia, que ha sido la transmisora de todo un bagaje biológico, social, económico e ideológico, está viéndose debilitada en esta función. Concretamente la pluralidad ideológica de las familias es cada vez mayor -consecuencia de la emergencia cada vez más rápida del individuo y, por tanto, del pluralismo- lo que plantea retos nuevos a la evangelización de la Iglesia. El discurso sobre la familia debe ser socialmente crítico, pero no puede convertirse en nostálgico.

Quiero señalar dos problemas de gran envergadura. Una cosa es el discurso del Papa y otra diferente el desarrollo que de sus palabras se vaya a hacer. El Congreso Teológico-Pastoral sobre la familia estuvo prácticamente monopolizado por personalidades sumamente conservadoras. No se han escuchado las voces de moralistas reconocidos y moderadamente abiertos. Una institución que desacredita a quienes ejercen la tarea de mediación cultural con su medio se convierte en un gueto. Este peligro acecha a la Iglesia española. El diálogo en cuestiones tan importantes es indispensable, bien conscientes, además, de que con frecuencia existe un abismo entre las declaraciones doctrinales y los comportamientos prácticos que sin ningún trauma de conciencia adoptan los mismos miembros de la Iglesia.

Asistimos, en mi opinión, a una peligrosa polarización en la sociedad española. Se vuelven a alentar irresponsablemente viejos contenciosos que parecían definitivamente superados. Quizá me equivoque, pero pienso que tenemos el Gobierno europeo más audaz a la hora de proponer cambios legislativos que se distancian no ya de los valores de la sociedad tradicional, sino de los mismos compromisos de la transición democrática, y también contamos con un episcopado sumamente conservador y, en buena parte, dispuesto a la beligerancia. Muchas voces, de eclesiásticos y de laicos, propugnan un catolicismo político para afrontar lo que consideran una ofensiva laicista. Los que tronaban con afirmaciones apocalípticas en el mencionado congreso sospecho que se han podido sentir defraudados por el tono de las palabras pontificias. Y es que este camino tendría pésimas consecuencias para la Iglesia y para la sociedad española. La contención de las palabras de Benedicto XVI y sus mismos gestos deberían servir para enfriar los ánimos, crear puentes de entendimiento y hacer más acogedora de la pluralidad a la Iglesia.



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