No es que sea una película mala, que lo es, y mucho, sino que da la impresión de que es pretendidamente mala, lo que resulta al menos llamativo. 'Bajo aguas tranquilas' es un subproducto de serie, no ya B, sino C o incluso Z, y, pese a que se anuncia como película de terror, debe verse como comedia si se quiere sobrevivir a ella en la sala de cine. Una cinta horrible, de calidad pésima, ilógica e incomprensible, donde cada detalle parece pensado para subrayar su espíritu exageradamente cutre.
Autor de 'Rottweiller' y 'Beyond Re-animator', el filipino Brian Yuzna parece empeñado en simular que es un mal videoaficionado. Se dirige a un público creciente formado por amantes del 'gore' gamberro, filmes con detalles de humor y vísceras, y algún que otro revolcón, pero cada vez lo hace peor. En 'Bajo aguas tranquilas', su carta de presentación consiste en convertir a Raquel Meroño, una olvidable actriz de 30 años, en madre de Charlotte Salt, intérprete de 20, sin molestarse siquiera en envejecer con maquillaje a la primera o rejuvenecer a la segunda. Atónitos, reímos por no llorar.
La excusa de esta última muestra de la incoherente Fantastic Factory es contar cómo un mal demoníaco infectó un pueblo del norte de España que quedó sumergido bajo las aguas de una presa. Ese mal resurge de repente, causando el terror de la población y el asombro de los espectadores, que más allá de apreciar que el doblaje parece insertado en un ordenador casero se preguntarán cómo se ha podido estrenar semejante bodrio en una pantalla grande.