«El otro día, siguiendo por la tele la contrarreloj, mi hijo de dos años vio cómo se caía Julich. Y se puso a llorar. Le confundió por el maillot. Creía que era yo». Hay un matiz melancólico que nunca desaparece del rostro de Carlos Sastre. Mirada infantil sobre una piel de cine mudo, de ciclista castellano. Se dice prudente cuando le preguntan por sus opciones en un Tour tan abierto. Siempre ha sabido ajustarse a la realidad. Incluso, puestos a elegir, tira hacia el pesimismo. «El año pasado, en el Tour, estuve a punto de dejar el ciclismo. Toqué fondo. Y mira ahora. Si me hubiera ido, quizá hoy sería un hombre frustrado». Ahora es uno de los candidatos al podio de París. Los Pirineos le tallarán desde hoy.
El recuerdo de su hijo le reconstruye la sonrisa. Mejor mirar hacia delante, hacia el futuro. Sastre tiene un ataúd en la memoria. El del 'Chaba', su cuñado, el amigo mayor que compartía bici, risas y juegos en la escuela deportiva de su padre, de Víctor Sastre. Allá en El Barraco. «Estos tres o cuatro últimos años han sido muy duros, de mucha lucha». Sin él; con el vacío que dejó al morir. Tan pronto. Tan rápido. En el Tour 2005, el corredor madrileño se sintió fuera ya de su deporte. «Pero me salvó el trabajo que hice para el equipo, para que Basso fuera segundo». Y remontó: «Vi un rayo de luz en la última contrarreloj. La acabé el noveno. Ese día me dije que no estaba tan mal». Un mes después, la Vuelta a España le rescató por completo. «Me ayudó a cambiar». Finalizó en tercer lugar, segundo tras la descalificación de Heras.
Cuando parecía que el ciclismo le pasaba de largo, se subió al podio de Madrid. Se reencontró con su viejo aliento. Y esta primavera impulsó a Basso hasta el triunfo en el Giro. En el Tour, ésa era también su función. Hasta que los ecos de la 'Operación Puerto' contra el dopaje borraron al italiano de la lista de inscritos. El equipo CSC lloró por él. Las lágrimas las puso Riis, el verdugo de Induráin, la roca danesa de mirada metálica. No pudo contener el llando delante de sus otros corredores. «Basso y Riis tienen una gran amistad. Este caso nos ha desconcertado», asegura Sastre. El técnico danés también habló luego con él. Tenía que cambiar su papel: salto al liderato. «Riis y yo estamos muy unidos. Me conoce al cien por cien, igual que yo a él. Sabemos lo que podemos esperar el uno del otro. Me pidió apoyo para sacar al equipo hacia delante». Le dio una misión.
El CSC es una estructura singular. Una familia con cierto aire militar. Le viene de las concentraciones invernales. De pruebas de supervivencia dirigidas por antiguos marines. «Todo eso sirve para unirnos. Pasamos mucho tiempo juntos, colaborando. Yo coincido en las carreras casi siempre con los mismos», explica Sastre. Es su otro hogar. «¿Si soy el jefe de filas? Bueno, llámalo así». Sabe que no es Basso. «No puedo reemplazarle». Pero también es consciente de que puede subirse otra vez a un rayo de luz, el más intenso que ha cruzado por su carrera deportiva. «Tengo una pequeña posibilidad y voy a tratar de aprovecharla. A veces pasa algo así delante de ti, y posiblemente sea ahora», se atreve. Inmediatamente, retorna la mesura. «No voy a construir castillos en el aire».
Su ocasión
Sí puede, en cambio, hojear la clasificación. Es decimosexto, a dos minutos y medio de Gonchar. A sólo uno de contrarrelojistas como Landis. Cerca de Menchov, Kloden... «Y lo que más me anima es que he sacado tiempo a gente de mis caraterísticas». Es su ocasión. «El Tour está muy abierto». Hace cábalas sobre lo decisivas que pueden ser las escapadas, sobre la falta de referencias, sobre la tensión. «Ha sido un inicio de carrera con mucho estrés. Sin las diferencias que marcaba la contrarreloj por equipos, había muchos corredores con opciones de ser líder». A él, esos nervios se los ha anestesiado Lombardi, su sombra. Sastre sólo ha tenido un objetivo en las primeras etapas: tener los ojos pendientes de la rueda del velocista. El italiano ha dado codazos por él. Y gracias a ese frontón llegará intacto a los Pirineos. Mejor que nunca.
No se había reservado para el Tour. «Pero tampoco me quemé en el Giro. Hice sólo siete etapas». Ahora, el CSC amasa sus dorsales para un objetivo vital: conquistar un hueco en el podio de París. Cuando Riis pudo, dejó un par de días a sus ciclistas. Recogió a sus dos hijos y los llevó a la final del Mundial. Ayer ya estaba de vuelta. De Tour. Para él será una prueba de supervivencia. «Vamos a sacar esta familia adelante», repite Sastre. La otra familia. Si lo logran, a finales de julio, en los Campos Elíseos, un niño de dos años verá a su padre sonreír desde París. «Un pequeña oportunidad». La más grande de su carrera.