La nueva ola de violencia que sacude Sao Paulo, en Brasil, ha dejado un saldo provisional de siete muertos, cincuenta locales atacados y al menos doce ómnibus incendiados. El hacinamiento en las cárceles se apunta como la causa principal de estos hechos ocurridos en la madrugada de ayer, en los que se utilizaron ametralladoras y explosivos.
Los ataques fueron dirigidos contra bancos, gasolineras, supermercados y puestos policiales y municipales, y se cobraron la vida de tres guardas de seguridad, dos policías y otros dos civiles. En un supermercado colgaron un cartel reivindicativo que rezaba: «contra la opresión carcelaria».
El presidente Lula da Silva criticó al gobierno de Sao Paulo por resistirse a aceptar el envío de tropas federales de Policía a fin de contribuir a controlar la violencia. «Nosotros ofrecemos una ayuda. Pero si insisten en que la situación es normal, no podemos hacer nada», declaró.
Las agresiones de ayer pusieron de manifiesto que las causas de la violencia persisten. La primera explosión de ésta tuvo lugar en mayo, se prolongó una semana y dejó al menos 117 muertos. Fue la respuesta al traslado de varios líderes de la red de narcotraficantes que opera en los centros de detención desde una cárcel común a una de máxima seguridad. Además, los ataques puntuales continuaron. En las últimas dos semanas fueron asesinados quince agentes de prisiones.
Desde los disturbios de mayo hay varios centros penitenciarios al borde del colapso. En el penal de Araraquara se hacinan 1.443 presos en un espacio previsto para 160. Se trata del único pabellón que quedó en pie tras el último motín. La comida y los medicamentos les es lanzada desde un helicóptero.