El Tour ya tiene bandos. Los Pirineos son tierra fronteriza. Separan. Por delante, la Grande Boucle tuvo cinco nombres: Menchov, Landis, Leipheimer, Sastre y Evans. Dos de ellos destacan y coinciden: son herederos. Uno es el ruso Menchov, a quien el dopaje de Heras le legó la pasada Vuelta a España. Y el otro es el estadounidense Landis, el niño de religión amish adoptado para la civilización por Armstrong. Un ruso y un americano. Se reedita la 'Guerra Fría'. Un Tour de bloques si Sastre, el primer español de la lista, Evans o Kloden no reescriben esta historia. A este Tour reciclado por la 'Operación Puerto' ya sólo le quedan estos nombres. Los otros están ya por detrás. O no están. Como Mayo. Un ciclista K.O. Es el tercer puñetazo en tres ediciones que recibe aquí. Un corredor a la lona. Le costará levantarse. Escuchará la cuenta atrás desde su casa. Desde allí también verá el Tour de Landis y Menchov. Una carrera de oportunidades para los herederos.
Apenas son las cinco de la tarde. Mayo llega a tiempo. Pero no a la meta, sino a la habitación 201 del hotel Acevi Val D'Arán. De espaldas al Tour. En la pantalla de la televisión centellea un maillot naranja. No es el suyo, claro. Es de Rasmussen, el danés del Rabobank, que tira de Menchov, que estruja rivales del ruso. Mayo no mira. Ver su ausencia le dolería. A un ciclista de su talla le avergüenza la derrota, el abandono. Ni siquiera deja que la luz entre en la habitación. A oscuras. Derruido. El hotel está en el vértice que forman el río Garona y la carretera que sube a Beret, la que no le verá a él. La 201 ya no forma parte del Tour.
La derrota le llegó antes que las fuerzas. Era una etapa a su medida. Pero nunca se ajustó a ella. Se golpeó contra la primera rampa del Tourmalet. El puerto mítico que rotuló una interrogación sobre el asfalto: ¿Qué le pasa a Mayo? A uno de sus elegidos. Cruzó la cima abandonado, enrabietado. Ya no estaba allí. Quería irse y se fue. Huyó del Tour. De su imagen. De su público. No quería que le vieran así. Le daba más vueltas a la cabeza que a los pedales. Insultó a un cámara que irrumpía en la intimidad de su derrota. Y se bajó en el avituallamiento. Desnutrido. Anémico. Sin un gramo de fuerza. Así se recluyó un par de horas más tarde en la habitación 201. Le costará salir de allí.
Ni siquiera encendió la televisión. Ya no era su carrera. No vio la gran jornada pirenaica. Una etapa vieja, de ciclismo antiguo, de desgaste. Aquí gana el que aguanta. Se corrió por el borde roñoso de una sierra. Sobre el filo del Tourmalet, el Aspin, el Peyresourde y Plá de Beret. Puertos listos para cortar. Era el día para descorrer las cortinas del Tour. Por fin mudó la clasificación. Se hizo real. Se acabaron los puntos suspensivos. Ya se sabe, por ejemplo, que David de la Fuente es montañés. Así les dicen a los cántabros. Líder de la montaña por su tremenda escapada de ayer. Con Camaño, Weggman y Flecha, se dejó años de vida en todos los puertos del día, salvo el último. Que ése era para los herederos.
Kloden falla
Es un Tour mentiroso. Sin los favoritos previstos. Sin orden. Lleno de sorpresas. Antes de empezar el prólogo se hablaba del Discovery, el equipo de Armstrong. Parecía la referencia. Mentira. Ayer, el mejor fue Azevedo, en el puesto quince. Pareció luego que el relevo lo exigía el T-Mobile. Tampoco. Kloden calcinó ayer a su equipo para luego terminar noveno, a minuto y medio de Landis. El recuperado Zubeldia y Schleck le ayudaron a reducir las pérdidas. Peor les fue a Simoni, Karpets, Popovych, Hincapie, Savoldelli, Pereiro y Gonchar. Todos tachados. Éste es un Tour de listas. Parecía que era un Tour sin montaña. Y casi ha sobrado con un día.
Han cambiado los colores de la ronda. Ya no es 'azul Discovery'. O será 'naranja Menchov' o 'verde Landis'. Cavaron una fosa entre ellos y el resto. No de tiempo, pero sí moral. Leipheimer, una ventosa que regaló el Tour en la primera contrarreloj, quiso aprovechar su deuda de tiempo para ganar la etapa, pero ni así. No sabe atacar. Falta de hábito. Acabó tercero. El cuarto fue Sastre, a sólo 17 segundos. Comenzó a encofrar los cimientos de lo que hace sólo unos días calificaba como «un castillo en el aire»: el podio de París. De él y de Zubeldia depende la participación hispana en este Tour. El resto es cosa de bloques. Vuelve el teléfono rojo. ¿Quién llamará antes a París? ¿Landis o Menchov? Un heredero.