«No estoy bien. No sé qué me pasa. No estoy bien». Fue su única respuesta. Eso y un comentario: «Peor que yo no está nadie». Fue lo único que Iban Mayo dijo ayer. Ni Miguel Madariaga, ni Igor González de Galdeano, ni Julián Gorospe le sacaron nada más. Estaba seco, sin saliva para la voz. «Por la mañana ha echado unos esputos, tosía, pero no parecía nada grave», especulaba Madariaga. El equipo técnico del Euskaltel-Euskadi estaba molesto con su líder. Apenas pudieron hablar con él. Para cuando llegaron al hotel, Mayo ya había preparado las maletas. «No quiero hablar hoy. Ya hablaremos», le dijo a los dos periodistas que le aguardaban. La mirada desplomada. Subió al vehículo del consejero de Agricultura del Gobierno vasco, Sáenz de Samaniego, y desapareció del Tour de Francia. Tras él dejó un ánimo aplastado y un coro de malas caras.
«En quince días no puede venirse abajo un corredor», se cuestionaba Madariaga. No reconocía al Mayo del Dauphiné en el Mayo de ayer. «Vamos a arroparle, a averiguar si le pasa algo». No lo entendía. «Iban estaba más tranquilo que nunca, más comunicativo». Pero se fue sin palabras. «Nos ha pedido Carlos Fontaura, su cuidador, que le dejásemos volver a casa». Petición cumplida. Fontaura le levantó una vez de la silla de ruedas a la que le había condenado un accidente de tráfico. Vuelve a tener trabajo.
Iban Mayo es un corredor de extremos. Gana a lo grande, en Alpe d'Huez, en Briançon, en La Toussuire. Y pierde igual. Por la tremenda. Ya en la salida llevaba una decepción escondida bajo la piel. El tatuaje de una duda, la que había escrito su hundimiento en la etapa anterior. Se sentía entumecido. El Tourmalet le destapó. Fue casi el primero en quedarse. El primero de los dorsales de peso. Las cámaras le devoraron. Y él, esencia de orgullo, reaccionó blandiendo el puño. De sus labios brotaron insultos. Quería ser invisible. Pero las cámaras están para lo bueno y para lo malo.
Mayo se marcha
«Estaba muy nervioso», relató luego Galdeano, que iba junto a él en ese momento. «Le he pedido que se tranquilizara, que había que tirar hacia delante, que las cámaras no tenían la culpa». Pero ya notó que Mayo había comenzado a irse. Oídos sordos. Y brazo al aire contra la cámara. Que no le vean. Ni por televisión ni en directo desde el ático de Baqueira Beret. Ya pedaleaba en sentido contrario al Tour.
Por eso, Galdeano no ordenó a ninguno de los compañeros de Iban Mayo que se quedara con él. Hubiera sido obligarles al naufragio. Se veía: entre la barbilla y las gafas le cabía al ciclista vizcaíno todo un mundo de decepción. El corredor de Igorre siguió hasta el avituallamiento, hasta que halló un vehículo que le recogiera. No quería que su cadáver desfilara ante un tendedero de ikurriñas.
A las cinco estaba en el hotel. Antes de tiempo. Escuchó un «áupa Mayo» al entrar y, con todo el nerviosismo aún concentrado en la mirada, respondió con un breve gesto de agradecimiento. No dijo nada. Igual que un rato después.
Mayo se había asignado un día en este Tour. Una etapa. Se ha ido sin ella. Desde 2004, desde que se estrelló por primera vez contra el Tour ha soñado en corto. Sueños reales. Por eso no vino a por la general. Sólo a por una etapa. Nada. Y no sabe conjugar el verbo 'perder'. La derrota no está en su vocabulario. Si pierde se sume en un laberinto interior. Lucha interna. No sabe qué le pasa. No contesta.
La Vuelta a España
Ahora su futuro está en suspenso. «Pues claro que correrá la Vuelta. Estaría bueno», replicó Madariaga nada más escuchar la otra posibilidad. Habrá que reconstruir la confianza entre las dos partes. Mayo y el Euskaltel-Euskadi. Nunca han terminado de casar. Hay aristas que no acaban de pulirse. Desde el inicio. Nunca fueron novios. Resultó un matrimonio de conveniencia: el Euskaltel-Euskadi le fichó más por la presión mediática que por interés. Luego el silencio ha ocultado las desavenencias.
Mayo es un ciclista con familia propia, formada por personas ajenas al equipo naranja. Se siente seguro con los suyos. En el Euskaltel le concedieron esta temporada alguna de sus peticiones -masajista, mecánico-, pero no le permitieron acudir al Giro de Italia, su carrera elegida para regresar de año y medio en barbecho. Y toca renovar. Entonces tendrán que hablar. Más que ayer.