La invasión del sur de Líbano por el Ejército israelí en 1982 encontró pocas semanas después una respuesta con la creación de Hezbolá -que en árabe significa Partido de Dios-, que hoy constituye la segunda fuerza chií en el país del Cedro. Más que un partido político con representación en el Parlamento y en el Gobierno o unas milicias, que también lo son, es un movimiento muy amplio que se sustenta en las clases más desfavorecidas de la comunidad chií y que rivaliza con el partido Amal -que significa esperanza-.
En Líbano es una creencia común que Hezbolá nunca se habría gestado si Israel no hubiera entrado en el sur del país, en una operación que causó millares de muertos y destruyó una gran parte de esa zona. De hecho, antes de la invasión, la mayoría de la población chií simpatizaba con los hebreos.
Tres años antes de fundarse el grupo radical, el ayatolá Jomeini había derrocado al sha en Teherán. La república islámica fue desde el primer momento el principal soporte de la nueva organización libanesa. No en vano, Irán es el país chií por excelencia y los libaneses de esta comunidad religiosa son vástagos de misioneros persas que llegaron a la zona en la Edad Media.
El dinero y el armamento que utiliza el movimiento fundamentalista para sus numerosas obras sociales o militares proviene de Irán y entra a través de Siria. Para Damasco, Hezbolá representa un peón importante en su política de hostilidad hacia Israel. Los milicianos chiíes hacen lo que no pueden hacer los sirios sin poner en peligro de muerte al régimen de Al-Asad.
Ayer, un jefe militar hebreo comentó que era sorprendente que varios centenares de milicianos mantuvieran en jaque constante a la mayor potencia de Oriente Próximo, y a atribuyó esta situación tanto a la habilidad del difunto presidente sirio Hafez al-Asad como a la persistencia de Irán. Sin estos dos bastiones la resistencia libanesa no sería la que es hoy.