El Correo Digital
Sábado, 15 de julio de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
SOCIEDAD
SOCIEDAD
Desnudos frente al sol
La capacidad de soportar y defenderse de los rayos ultravioleta depende de la piel de cada persona, un auténtico escudo que, sin embargo, tiene fecha de caducidad
La piel tiene fecha de caducidad. Su capacidad de regeneración, esa fuerza que le permite volver a nacer de sus propias cenizas por mucho que se queme al sol del verano, es muy alta, enorme, pero no infinita. No hace falta pensar en un cáncer, en el caso extremo de su agotamiento, para comprobar los límites del escudo natural que nos protege de las inclemencias del tiempo. Si cada año que pasa uno aguanta peor los baños de sol y comprueba que se tuesta a la misma velocidad que se despelleja, ha llegado el momento de tomar medidas. El moreno, más que atractivo, comienza ya a ser peligroso.

Los consejos de familiares y amigos para enfrentarse al sol no valen, salvo que se tenga entre su círculo de relaciones a alguien que, de verdad, sepa algo sobre el tema. «La piel, como las huellas dactilares, es distinta en cada individuo. Cada persona tiene una capacidad diferente para defenderse de los rayos solares», explica el especialista José Luis Díaz Pérez, jefe del servicio de Dermatología del hospital de Cruces. Saber hasta dónde puede llegar uno panza arriba en la toalla y qué debe hacer si finalmente siente que el sol arde bajo su camiseta constituye la mejor manera de afrontar el verano. La piel humana es única y al terminar las vacaciones no puede colgarse en el armario para ponerse la de la temporada de otoño.

La existencia de personas blancas y negras, rubias y morenas, amarillas y pelirrojas constituye la mejor prueba a gran escala de las diferencias que hay entre uno y otro individuo. La piel consta, en realidad, de tres capas. La epidermis es la parte más superficial, en medio queda la dermis y bajo las dos se sitúa la hipodermis, el tejido graso, en cuyo interior proliferan, entre otras, un tipo de células llamadas melanocitos.

La principal función del melanocito es la de defender la piel de la acción del sol. «No nos ponemos morenos para embellecernos, sino para protegernos de los rayos ultravioleta», recuerda el experto, presidente de la Academia Española de Venereología y Dermatología. Estos melanocitos sintetizan una sustancia, un pigmento de color oscuro llamado melanina, que actúa como un escudo frente a los rayos solares.

Filtro solar excelente

Cuanto más justiciero es el sol que hay que soportar, más moreno se pone uno. «La melanina es un filtro solar natural excelente», valora Díaz Pérez. Por eso, los nórdicos tienen pieles claras, ojos azules y pecas, y lucen esas cabelleras rubias o pelirrojas. Sus cuerpos no han necesitado batirse en duelo con el sol y no han tenido que producir melanina a gran escala y de manera homogénea, como lo han hecho los cuerpos de los africanos.

Unos y otros forman dos caras de una misma moneda y constituyen un ejemplo claro de cómo cada piel responde de manera diferente a la presencia de los rayos ultravioleta. Lo que ocurre cuando una persona se somete de golpe a baños de sol intensos y sin control es que el organismo se ve incapaz de producir la melanina que necesita y el cuerpo se quema. «Las pecas de los pelirrojos son, en este sentido, un mecanismo de defensa un tanto equivocado del organismo. La piel -detalla el dermatólogo- intenta protegerse, pero se ve incapaz de formar una capa difusa y homogénea. Las pecas intentan que le llegue al cuerpo la menor cantidad posible de luz ultravioleta».

Mayores y niños

Los mayores, como los niños, tienen más dificultades para pigmentarse aceptablemente. El cuerpo de las personas de edad avanzada es incapaz de generar melanina de una manera constante y uniforme como consecuencia del envejecimiento. Por eso, las piernas, las pantorrillas, la parte trasera de las rodillas, se les quema con mayor facilidad.

A los niños les pasa algo parecido, especialmente a los bebés. La piel de los pequeños no alcanza la madurez mínima necesaria para enfrentarse al sol hasta los dos años. Absorbe las cremas filtro con tanta facilidad que hay que estar embadurnándoles de pasta constantemente y sin apenas garantías de que no vayan a quemarse.

«Los niños deben llevar siempre gorro y ropa ligera y si van en cochecito, capucha o una buena sombrilla», aconseja José Luis Díaz Pérez. A partir de esa edad, dos años, las exposiciones han de ser graduales. Lo de siempre: primero cinco minutos por delante, otros cinco por detrás, luego un poco más; y siempre, con cremas protectoras. El sol no perdona.



Vocento