Hace décadas que no van cantando a Bilbao con la saya remangada y luciendo la pantorrilla, pero su espíritu está más vivo que nunca. Las tradicionales sardineras de Santurtzi recibieron ayer un sentido homenaje de los vecinos de la localidad en el inicio de sus fiestas patronales. Desde ayer, una placa conmemorativa las recordará en el kiosko del parque central.
Fueron muchas las mujeres del municipio que durante siglos recorrieron a diario más de 12 kilómetros hasta la capital vizcaína, pero a su reconocimiento sólo pudieron acudir dos, María Luisa y Angelines. «Apenas siguen vivas media docena y algunas, por su edad, ya no pueden acudir a estos actos», señaló el alcalde, Javier Cruz.
El primer edil subrayó que, aunque el Ayuntamiento ya les homenajeó hace ocho años junto a la estatua de la sardinera, «hacía falta este reconocimiento popular». «No se trata sólo de trasladarles nuestro cariño. Queremos poner en valor todo los que han dado a Santurtzi, porque representan una tradición», ensalzó.
María Luisa no paraba de cantar y bailar. Coqueta, como siempre, se negaba a desvelar la edad -«nací un abril», admitió mientras recordaba sus viajes diarios a Lamiako. «Al principio iba andando, luego en tren y al final conseguí un carro como el de Manolo Escobar», bromeaba. Le encantaba su trabajo, pero no aguantaba al cliente exigente, «ese que pedía que le limpiase el pescado y quitase hasta las espinas. ¿Más de un improperio he tenido que decir!».
'Rompecorazones'
La imagen idílica de las sardineras tiene su base en un cancionero popular que guarda mucha relación con la realidad. Iban cantando hasta Bilbao porque hace siglos la margen izquierda no era la gran urbe actual sino apenas pequeñas aldeas. Se remangaban la falda para no mancharla y llevaban las zapatillas colgadas al cuello para andar más ligeras. Esta imagen resultaba muy seductora en el pasado, donde cualquier desnudo estaba prohibido, y los varones se enamoraban perdidamente de ellas al verlas tan lozanas y con unas piernas bien bronceadas al estar continuamente expuestas al sol.
Angelines no paraba de llorar de la emoción y apenas logró articular palabra para agradecer el homenaje a los asistentes. «Yo trabaja en la zona buena de Bilbao, General Eguía, Santutxu... me iba muy bien», confesaba luego más tranquila. Cuando su marido murió, hace 20 años, decidió que ya había trabajado bastante y se dedicó por completo a su familia.
La sardinera tenía que andar muchos kilómetros diarios y, para aprovechar el viaje, se acostumbró a cargar en la cabeza grandes cestos que llegaban a pesar hasta 30 kilogramos. Angelines estaba tan acostumbrada a soportar esa cantidad y mantener el equilibrio al mismo tiempo que casi se convirtió en una malabarista. «En las fiestas era capaz de bailar con una botella de champán, en la cabeza, ¿pero llena, eh!, que vacía no tenía gracia», confesaba su nuera durante el acto. Su vida fue dura y sacrificada, pero Angelines la prefiere a la actual, «porque no me gusta nada lo que veo».
A pesar de la edad, algunas se resisten a abandonar esta tradición, como la 'Isa', que mantiene un puesto en el puerto pesquero, o la 'Mutri', que de vez en cuando se planta en plena calle vendiendo sus sardinas «'freskue'».