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Domingo, 16 de julio de 2006
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DE CUANDO EN CUANDO
La mosca
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A finales del año 1978, se aprobó por la Organización Nacional de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y posteriormente por la ONU lo que se califica solemnemente como Declaración Universal de los Derechos del Animal. No intento con este preámbulo meterme en problemas profundos, sino sólo exponer un problema que vivo personalmente cada vez que llega el verano. Sigamos.

En el artículo primero de esa declaración se establece lo siguiente, copiado al pie de la letra: «Todos los animales nacen iguales ante la vida y tienen los mismos derechos a la Existencia». Y como el articulo lo establece de forma concreta y tajante y no hace la menor excepción, hay que entender que en ese derecho entran lo mismo los elefantes que las pulgas, los perros o las moscas, y ahí quería yo llegar.

Cada verano, más tarde o más temprano, una mosca se cuela en mi domicilio y se me presenta el dilema: ¿qué hago? Y a esta pregunta puedo darle tres respuestas, a saber: a) Abrir la ventana y dejar que se vaya cuando le salga de las narices (suponiendo que las tenga). b) Dejarla que viva su vida. c) Despachurrarla.

Y me llegó el momento de poner en práctica una de las tres opciones, porque la mosca de turno entró en mi casa y tomó posesión de ella. Aunque la primera opción me resulta bastante ambigua, he intentado sinceramente ofrecerle la libertad. Dejé la ventana abierta, pero no se fue. Por lo visto se encuentra mas cómoda en mi casa que zascandileando por la calle.

Pensando que si la ONU se toma tan en serio los derechos de los animales será por algo, y en vista de que la mosca no quiso irse de piruleo, he puesto en práctica la segunda opción. Yo hago mi vida y dejo que la mosca haga la suya, teniendo en cuenta que yo utilizo tan sólo un par de metros cúbicos de espacio y dejo a la mosca los otros setenta. Creo que es un reparto generoso.

Pero, si la mosca como animal tiene sus derechos, yo también tengo los míos como hombre. Yo no me meto en su terreno y exijo que ella haga lo mismo, pero no hay forma de llegar a un arreglo. Una y otra vez, mientras estoy trabajando, la puñetera mosca invade mis dominios y aterriza en mi brazo, en mis orejas e incluso en mi nariz. Así que, sintiéndolo mucho y con permiso de la UNESCO, no he tenido más remedio que poner en practica la tercera opción, la del despachurramiento. Yo también tengo mis derechos.



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