Pocas cosas hay que una madre no sepa de sus hijos. La de Ainhoa Domínguez, de 15 años, tenía la corazonada de que, si su niña aprendía a coger una ola, ya no habría quien la parase. No se equivocó. De la mano de la Academia de Surf O'Neill y gracias a enlaCe, la bilbaína logró esta semana uno de sus sueños: «volar por el mar».
Aunque no fue la única. Nueve chavales más fueron seleccionados por EL CORREO para averiguar, en San Sebastián y en Sopelana, qué se siente cuando uno cabalga sobre las olas. «Es algo... ¿uff!... que no se puede explicar!», balbucea otra Ainhoa, esta vez vitoriana y de apellido Aguirre. En su rostro aún se ve la excitación que produce sentirse el rey del océano por unos segundos.
«No es muy difícil», aseguran. Sólo hacen falta ganas. Y a todos estos afortunados eso les sobra, tengan la edad que tengan. La más grande del grupo es Ainhoa Domínguez. El benjamín, Kepa Martínez, con sus siete velas. «Los pequeños van con ventaja», subraya la 'decana'. La explicación es sencilla: según ella, «flotan más». Y también, porque tienen menos miedo.
El 'take off'
«Una de las cosas que me preocupaban era que me pasara algo o me diera con la tabla», continúa Ainhoa. Reticencias que su tocaya de Vitoria, de once años, y Aitor Rodríguez, de trece, tenían superadas. Ambos habían hecho windsurf «en el pantano de Ullibarri» antes.
Aunque esto les daba, en parte, ventaja, tampoco les suponía tanto trecho ganado: «Al principio, crees que no vas a poder ponerte de pie», confiesa el joven, que asegura que el agua es su hábitat natural. Por lo que cuenta, el 'take off' es lo más complicado. En esta maniobra, hay que pasar de estar tumbado y remando a ponerse en pie sobre la tabla... y todo «de un salto».
Si aseguran que la sonrisa de un niño lo dice todo, la de estos diez críos revela que, si pudieran, no dudarían en repetir. Y repetir, y repetir... «Hay chavales a los que hemos visto crecer cada verano», comentan los maestros de una academia que lleva diez años en la cresta de la ola.