Ya en su última semana, el primer Tour sin Armstrong es una carrera desorientada. Antes de empezar le extirparon los líderes: Basso, Ullrich, Vinokourov, Mancebo... Cosas del dopaje y la 'Operación Puerto'. Hubo un vacío, un agujero negro. Nadie levantaba la mano para reclamar la herencia. Ni siquiera la familia de Armstrong: el Discovery se desplomó en masa nada más tocar la montaña. Al Tour le tocó pensar: ya no valía con seguir al americano; había que buscar nuevos caminos. Pero nadie ha pisado aún la senda que lleva directo a París. Sin GPS. Desorientados.
Landis, para proteger la debilidad de su equipo, cedió el liderato a Pereiro, un candidato renacido, y 'pactó' así una alianza con el Caisse d'Epargne. Por el mismo motivo, el Rabobank de Menchov regaló al Discovery la victoria de Popovych. El T Mobile quiso reventar a todos y fue el primero en explotar. Leipheimer se ahogó en la contrarreloj y renació en los Pirineos. Nadie se fía de nadie. Ni de sí mismo. El Tour que sube hoy a los Alpes, no sabe por dónde anda. Sin Armstrong, pedalea perdido. Mejor para la emoción.
Hoy es el primer día para reordenar el caos. Con el final en el Alpe d'Huez, la cima que descubrió Coppi, la meta del millón de aficionados en la cuneta, la montaña de los holandeses, la pancarta donde Armstrong doblegó siempre a todos. Y precisamente ayer hizo su aparición el americano. Llegó a Bourg d'Oissans, al pie del Alpe d'Huez, se montó sobre una bicicleta y pedaleó hasta la cima del puerto. Una vez finalizado el esfuerzo habló. «Me he encontrado bien. La gente me ha reconocido y no se ha metido conmigo. El miércoles voy a seguir en coche la etapa reina, la que termina en La Toussuire. En principio voy a continuar en carrera hasta París».
Cambio de planes
Esta aparición de Armstrong trastoca los planes de la prensa francesa que ya había diseñado sobre papel la pasarela para su recibimiento. Con un recordatorio: repartiendo el eco de las acusaciones de Armstrong contra la selección gala de fútbol. Cosas del dopaje, otra vez. Puso el dedo incriminador sobre Zidane y los suyos. Francia es para él el paisaje de su palmarés y, al tiempo, un escenario hostil.
«Bienvenido a Francia, Trouduc». Así se titulaba ayer la portada del diario 'France Soir'. 'Trouduc' define a personas de poco valor, insignificantes. A Armstrong «se le han fundido los plomos». No se explican cómo pudo acusar a los futbolistas franceses «un hombre que antes de hablar consulta siete veces a sus abogados». Más cizaña: «Es un provocador endiablado que jamás ha digerido las acusaciones de dopaje procedentes de nuestro país». Le esperan.
Si acude, se notará su presencia. Lo que es seguro es que su ausencia ha dejado huella. Ya lo dice su ex director, Johann Bruyneel: «El Phonak fue inteligente al ceder el liderato. No tiene un equipo fuerte en la montaña. Sus rivales tenían que haberlo evitado, tenían que haber tirado a por Pereiro para que Landis conservara el maillot y trabajara por él. Pero no saben tomar iniciativas. No osan». No están habituados. Tras tantos años a rueda del americano, asusta el aire de cara, da vértigo mirar a los ojos del Tour.
Landis y Menchov
Los dos que más cercanos parecen a ese espejo son Landis y Menchov. Tour desorientado. Un estadounidense que nació en el condado de Lancaster, en un ambiente menonita anclado en el siglo XIX, sin televisión ni luz eléctrica; que corre en un equipo suizo; que vive en Girona, y que quiere trasladarse este domingo a París. Y un ruso criado en Pamplona, que lleva el maillot de un equipo holandés y que tiene como vicio «los chuletones». Un lío. Y más si sus rivales son un gallego, Pereiro, criado en el ciclismo portugués, fichado por el Phonak helvético y ahora por el Caisse d'Epargne franco-español. O Sastre, un madrileño de Ávila que se ha convertido en la esperanza del CSC danés. O un australiano, Evans, que cogió su mochila y desembarcó en Italia para acabar en el Davitamon.
Armstrong era más fiable: un americano en un equipo americano. Un extranjero en París, malquerido pese a haber paseado de amarillo por los Campos Elíseos en siete ocasiones. Más que nadie. El Tour no le echa de menos, aunque sin él viaja desnortado. Ya pondrán orden desde hoy los Alpes. E incertidumbre, alimento del ciclismo.