El Tour de Francia ha nacido en 2006 herido de gravedad. Salvará la vida, pues su volumen de negocio es demasiado considerable. Pero la edición de este curso no pasará a su historia como la más granada ni en lo deportivo ni en lo mediático. Las audiencias televisivas expresan una realidad temida. Con las etapas pirenaicas como barómetro, pierde unos 800.000 espectadores y diez puntos de cuota de pantalla. El espectáculo de la 'grande boucle' ha sido torpedeado y a duras penas trata de llegar a puerto para restañar sus males.
La coincidencia de nueve días con la recta final de la Copa del mundo -el Tour arrancó el día después de la disputa de los cuartos de final de la cita futbolística de Alemania- era un mal relativo con el que, obviamente, se contaba. A fin de cuentas, la convivencia con el balompié no afectaría a un reparto estricto del pastel televisivo -el que importa de verdad-, dado que la semifinales y final estaban programadas a las 21 y 20 horas, respectivamente. Pero de no haber mediado la cita teutona, el ciclismo habría vivido más tranquilo.
Con lo que no se contaba era con un misil tierra-tierra que impactó dos días antes de darse la salida a la carrera francesa. En el lado español de los Pirineos saltaba la bomba bautizada como 'Operación Puerto'. Asaltado judicialmente el centro de operaciones del doctor Eufemiano Fuentes, la lista de implicados en un escándalo de dopaje se aventuraba tan interminable como la silueta del propio pelotón. Los nombres circulaban de boca en boca y la confirmación de algunos de ellos congeló definitivamente el interés por el Tour.
El nulo de Valverde
Ullrich, Basso, Vinokourov, Mancebo, el equipo Astaná... una limpieza masiva, industrial. Un Tour sin líderes, sin estrellas mediáticas. Los grandes favoritos -entre ellos el delfín por descubrir de Armstrong- fulminados por lo que algunos entienden como una sospecha aún no demostrada. Es de tal magnitud la epidemia, que el ciclismo ha adoptado la ley de disparar antes de preguntar. Para colmo de males -es lo que tienen las rachas-, Valverde marcaba con una clavícula en el asfalto el punto de su nuevo nulo en el Tour. El acabose para casi todos.
La llegada de la carrera a los Pirineos ha confirmado las peores sospechas. El Tour ha dejado de vender. Su mercancía no es ni lo suficientemente fresca como para que TVE le eche atributos para mantenerlo en su primer canal. Lo pasa a 'La 2' y con ello puede maquillar los números dado que se trata de una emisión residual. En 2005 entre 10 y 17 de cada cien personas que estaban ante el televisor lo hacían a golpe de pedal. Ahora son sólo seis o siete.
Puede que la irrupción de Pereiro como 'maillot' amarillo y la llegada a los Alpes ahogue ligeramente las penas para el dueño español de los derechos televisivos. Mal negocio. Pinchazo en hueso, sin comerlo ni beberlo. De 'delicatessen' a producto de oferta.