El Correo Digital
Miércoles, 19 de julio de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
La sangre de los niños
Permítanme esta vez un artículo muy poco veraniego, nada liviano. Acabo de regresar de la Semana Negra de Gijón, que ha estado dedicada al setenta aniversario del comienzo de la Guerra Civil española. Entre los muchos actos, había una magnífica exposición fotográfica de la contienda, con parte del material cedido por los archivos del Partido Comunista de España y desconocido para mí. Y entre estas fotos, en algunas, en demasiadas, había niños: vivos y muertos. Ilusionados o aterrorizados los primeros; siempre inmóviles y desvencijados, los segundos.

De las de los vivos, me impresionaron especialmente dos. En la primera, una pequeña compañía de milicianos voluntarios desfila a pie, con el Mauser al hombro, camino del frente. Son adolescentes, casi niños; todos, menos uno. Al adulto lo flanquea por la derecha una alta y guapa chavalita, con su mono, un pañuelo al cuello y esa cara de alegría intacta que sólo se puede tener a esa edad, cuando aún no te ha tocado la atrocidad. Por la izquierda, un chaval de unos quince años, con aire de chulito porque va a jugar a los soldados. El adulto, el del centro, es un anciano de corta estatura, larga barba y pipa en la boca. Una especie de gnomo digno y con expresión grave, pues es el único que sabe a dónde va de nuevo y a lo que va. La otra foto es de dos niños acurrucados durante un bombardeo, dos hermanos. La cara de terror del niño pequeño da congoja, y respeto la de tensión y responsabilidad de la niña un poco más mayor que abraza a su hermano asustado.

Las de niños muertos no necesitan mayor descripción. En pequeñas cajas abiertas, depositados en hilera en la morgue, rotos en brazos de un adulto o tirados en la calle y manchados con su sangre. La sangre de los niños que no es más que sangre de niño, que declamaba Pablo Neruda acompañando las terribles imágenes tras bombardeos de 'Caudillo', el imprescindible documental de Basilio Martín Patino.

Hoy, setenta años después, la CNN sirve la foto de una mujer desencajada que sostiene a su niño muerto, en Líbano, bombardeado desde tierra, mar y aire por el ejército israelí. Y en Irak mueren niños todos los días, destripados por la incontrolada metralla. Setenta años después, es lo mismo. Y la sangre de los niños, que no es más que sangre de niño, se derrama y se inmola al final de la cadena de una decisión tomada desde una limpia y aséptica mesa, no manchada por la sangre de los niños, pero sólo en apariencia física.

Malditos sean los que idean la guerra, los que la desencadenan, los que se benefician de ella, los que la apoyan y los que tergiversan su rapaz causa, impiedad e injusticia. Todos ellos tienen sangre de niños en las manos y nunca se las podrán lavar.



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