El nuevo líder pedalea de oídas. Por el auricular de Landis corren los datos. Ciclismo de cálculo. «Para mí el Tour es un juego táctico». Es un modelo de ciclista matemático. Nunca llega al límite del dolor, jamás al borde de sus pulmones. En una esquina de su cerebro procesa todos los dígitos que le ofrece la tecnología. «Que otros ganen la etapa. Yo quiero el Tour». Por eso, la cima de Alpe d'Huez fue para el luxemburgués Schleck. Por eso también, cuando vio que por sólo diez segundos desvestía a Pereiro de su sueño amarillo, chasqueó el gesto.
Según su calculadora, la ecuación para hallar el camino más corto hasta París no precisaba aún ese cambio. «Mejor que Pereiro hubiera seguido de líder», argumentó luego Juan Fernández, director de Landis. Para economizar así gastos en la etapa de hoy, otro laberinto alpino. Pese a esa leve errata, el Tour entero cabe en la cabeza de Landis. Descrifrado en segundos, metros y calorías. Una carrera radiografiada en cifras. Landis las escucha. Ya las oye. Resta esfuerzo y rivales, y suma tiempo. Ya le cuadra la calculadora. Ya lo escucha. Su sinfonía. El sonido de París.
A Landis le patrocina Phonak, un milagro, un aparato de ciencia ficción: para que oigan los sordos. Los auriculares más agudos. Y también la firma iShares, un entidad de inversión por internet. Mundo económico de balances. De previsión de riesgos. De datos. En Alpe d'Huez, compró las acciones que quería. Dejó que Schleck batiera a Cunego en la lucha por la etapa. Asistió al desgaste de Kloden, su rival más fiero, el único que le siguió. Rentabilizó el trabajo del Caisse d'Epargne, el equipo de Pereiro, que se resistía a canjear el maillot amarillo. Se catapultó en el ciclista de apellido más pesado, Merckx, el gregario que desabrochó la cremallera de público. Y alejó al resto de sus adversarios. Los etiquetó por dígitos. A Sastre lo archivó en la categoría de menos de un minuto: a 25 segundos. A Menchov, lo metió en la carpeta del minuto y pico. A Pereiro, que no quería pasar su página amarilla, lo colocó en el apartado 1.39: un minuto y 39 segundos. Igual que a Evans, canguro cojo. Y a Zubeldia y Dessel los dejó al fondo del fichero, a casi dos minutos. A Landis le salen las cuentas. Ya todos son sus acreedores en este Tour.
Pero Landis no siempre fue así. De hecho, en Ephapata (Estados Unidos), la aldea donde nació, no había calculadoras. Ni luz eléctrica. Ni televisión. Ni ciclismo. Ni coches. Las bicicletas eran para desplazarse. Como los carros. Su familia es menonita. Vive anclada en otro mundo. Otro siglo. Hablan su propio idioma. Con sus reglas. Visten de negro. Sin lujos ni adornos. Atados a su ley, el 'ordnung'. Fundamentalismo americano. Tan puritanos que el único vicio tecnológico admitido es la bicicleta. Una llave para huir. Sobre ella se escapó Landis. Era fuerte. Cara de puño. Piernas de pedernal. Nadie le ganaba en el pueblo por los caminos de barro. Comenzó a ilusionarse, a rebelarse. A entrenarse. Para evitarlo, su padre le tenía de sol a sol con la espalda quebrada sobre los sembrados. Dio igual. Le quitaba horas al sueño. Ciclista nocturno.
La sombra de Armstrong
A los 18 años se fugó. A California. Allí era como un marciano. Conoció los auriculares. Pero no para los datos. Sino para escuchar la batería de 'Lep Zepelin' o de 'ZZ Top'. Se hizo devoto de esa música. Se dejó perilla, algo prohibido en su comunidad. Estética súrfer. Sacó su carácter pirático y se hizo ciclista. A la sombra de Armstrong. Tampoco soportó esa religión. No había salido de un grupo amish para acabar en la jaula disciplinada del siete veces campeón del Tour. Landis se hizo conocido por una de la broncas que le dedicó Armstrong. Fue porque un día, gandúl, en lugar de salir con la bicicleta, se quedó en una terraza de Girona, donde vive, y encadenó trece cafés. No se cuidaba. Disfrutaba de su aterrizaje en el nuevo siglo. Y por no volver a portar grilletes se largó.
Curiosamente, la libertad le cambió. Ser líder del Phonak mutó su actitud. Olvidó su deriva y se convirtió en un ciclista matemático. Un economista, una profesión con un índice de paro total en la vieja comunidad menonita. Sin embargo, así ha regresado a la austeridad en la que le educaron. Sin una exhibición. Sin lujos sobre la bicicleta. Ayer pedaleaba con los ojos cerrados. De oídas. Oyó a Menchov y Evans boquear su asfixia. Sintió cómo la tormenta mojaba las opciones de Sastre. Notó a su lado una rueda a la que asirse sin gasto extra: la de Kloden. Y escuchó a Pereiro estirar el cuello, síntoma de que viajaba hacia la guillotina. El gallego era propietario de un maillot que ya no le pertenecía. Ése fue el único error de cálculo de Landis. En su ecuación, no le tocaba ser líder. Un mínimo borrón para una gran sinfonía.