Lo que no se debe hacer, como ha perpetrado la prensa madrileña, es comparar al Alan Parsons Project con los Ramones y desdeñar a aquél por sonar pulido. El crítico (con perdón) ha de medir a los intérpretes según su naturaleza. El firmante sabía que se aburriría mortalmente y que no le redimiría ni la cháchara con los amigos (Pato a la izquierda, La Divina a la derecha), pero ello no es óbice para reconocer la valía de un repertorio no tan coyuntural, por comercial, como parecía en su época a tenor de la gente que acudió al Euskalduna, sobre todo entre los 30 y los 50 años.
Lo único criticable sería el comportamiento chocante del cantante, que parecía salido de una fiesta de Pocholo, con tanto salto, aspaviento, carrerita y palmas. Se supone que la música de Alan Parsons es para degustar en soledad y evadirse a mundos imaginarios, no para apuntarse a una fiesta, que es a lo que a la postre se avino un público cada vez más entusiasta y entregado con el listado progresivamente reconocible.
El concierto de pop adulto, y duro con solvencia instrumental y vocal, reprochable vestuario, y ecos de Genesis, Pink Floyd, Toto, etc, distribuyó éxitos estratégicamente y en este orden: 'Don't answer me' (tambores a lo Phil Spector), la sintonía de 'Informe Semanal' (tipo Jarre), 'La Sagrada Familia' (hortera), 'Eye in the sky' (muzak) y 'Games people play' (pop 80s).