No resulta nada extraño que un proceso tan importante y con tan grandes repercusiones personales y económicas como es la privatización de los astilleros públicos suscite reacciones airadas y comentarios diversos y dispares. Pero hay cosas que se escapan de la tolerancia permitida por la norma más flexible.
Me refiero a la reacción de los trabajadores y a los comentarios de algunos políticos. Se entiende bien que los trabajadores afectados por los expedientes deseen obtener las mejores condiciones de salida y que los demás pretendan conseguir las mejores condiciones de permanencia. Pero, a la hora de quejarse, deben modular su respuesta y contener su protesta, al recordar que las condiciones ofrecidas exceden en mucho de las habituales para los trabajadores del sector privado y considerar que la solución criticada tiene un coste descomunal para las arcas públicas que se llenan con el esfuerzo de todos.
Luego vienen los políticos que, desde la oposición, sin responsabilidad alguna y sin asumir el menor coste, se dedican a apagar el fuego echando gasolina demagógica a las llamaradas del conflicto. Y eso vale tanto para el siempre airado Llamazares como para los habitualmente comedidos Urkullu y Azcarate.
El líder del PNV dijo que la venta de los astilleros de Sestao «culmina el proceso de liquidación de las inversiones del Estado en Euskadi» y la portavoz del Gobierno vasco ratificó su oposición a que la empresa salga del regazo público y reclamó un proyecto industrial cuya existencia no le consta. Lo primero es incierto e injusto. Sorprende que quienes no han levantado la voz ante ninguna de las numerosas, eludibles y mucho más importantes pérdidas de centros de poder privados se escandalicen ahora por algo que es totalmente inevitable. Olvidando a la vez que el costo de la operación corre a cargo de las arcas del Estado, sin colaboración local, como en los demás casos anteriores.
Y, lo segundo, tiene una fácil solución. Como afirma Paulino Luesma, si el Gobierno Vasco no quiere que los astilleros salgan del regazo público que elabore una oferta mejor y se los quede. Así podrá hacer el proyecto que desee y planificar la viabilidad que considere más oportuna. Hasta ahora no ha movido un dedo, así que, si no ayuda, por lo menos que no entorpezca. (Cuando alguien hace planteamientos populistas, se arriesga a que le propongan soluciones demagógicas).