El Correo Digital
Martes, 1 de agosto de 2006
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DE CUANDO EN CUANDO
La oferta
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El señor García viene hasta mi mesa de trabajo, trayendo en la mano un sobre alargado. Se sienta con una sonrisa muy expresiva y me muestra la cara del sobre en la que se lee una especie de oferta para los que no se conforman con oro. Eso no se lo inventa él. Es lo que está escrito en el sobre. Yo le digo que eso no va conmigo, porque yo ya me conformaría con oro y aun con plata, pero no se trata de ninguna oferta para mí, sino para el destinatario del sobre.

El señor García abre por fin el sobre, saca su contenido y me lo muestra. Se trata de la oferta de una tarjeta de crédito, es decir de otra tarjeta más, porque en estos tiempos por todas partes ofrecen tarjetas de crédito para comprar sin dinero. Un curioso eslogan ese de comprar sin dinero, porque con estas tarjetas pueden comprar sin dinero todos menos los que no tienen dinero. Pero sigamos con el pliego y la oferta.

El folio que me muestra el señor García es un pliego normal de solicitud, en el que hay que consignar los datos personales, los profesionales, los financieros... Todos esos datos y requisitos lógicos en la solicitud de una tarjeta de crédito. Miro la página y como no veo nada de particular, el señor García me dice: «Espérese que ahora viene lo bueno». Da la vuelta a la hoja para mostrarme en su reverso las condiciones del contrato y por poco sufro un síncope.

Las condiciones del contrato, eso que coloquialmente llamamos 'letra pequeña', aparecen escritas a tres columnas en letra super-ultra-microscópica, difícil de leer incluso con lupa. Le pregunté si había tenido la paciencia, no de leerlo porque eso rebasa las posibilidades de la paciencia y de la vista aguda, sino de contar al menos las líneas y el señor García me dice que no se ha atrevido. Yo le ofrecí entonces la posibilidad de hacerlo contando diez líneas midiendo la altura con la regla, midiendo después el total de las tres columnas y haciendo una reglas de tres. Lo hacemos así y nos salen cerca de cuatrocientas líneas.

Terminamos de echar esa cuenta, contemplamos de nuevo aquella página de microbios alineados de tres en fondo y nuestra opinión fue unánime al preguntarnos. ¿Existirá algún ser humano, que aun sabiendo leer y teniendo una vista normal y potente, sea capaz de leerse las condiciones del contrato? Personalmente (y en esto coincide plenamente conmigo el señor García) creo que ese ser humano no existe.



Vocento