Hace unos días me fui a dar un paseo apacible y relativamente tranquilo. Digo lo de relativamente, porque desde que surgió la motorización, la tranquilidad en la vía pública es siempre relativa. A pesar de ello, paseaba en ese estado de tranquilidad relativa hasta que surgió el estruendo. Se oía desde lejos. Era el estruendo del 'caballo de trueno' de un 'motorruidista'; mejor dicho, por el 'pollino de trueno', porque aquella moto por su tamaño no llegaba a la categoría de alazán. Llegó, paso por delante retumbando y se alejó llevándo tras de si mis maldiciones, lo cual me imagino que le traía sin cuidado al joven que montaba aquella maquina, que lo único que tenía espectacular era el ruido. ¿Por qué será que las motos más pequeñas son las que más ruido meten?
Pero lo asombroso de estas motocicletas con escape libre, capaces de despertar a cien mil vecinos de noche, es que exista una ordenanza que lo prohíba y que exista incluso (si es que existe, porque no lo sé con certeza) un servicio encargado de vigilar, comprobar y confiscar estas máquinas.
Se fue el 'motorruidista', volvió la calle a su nivel sonoro normal, me fui a tomar el metro y allí me encontré una inesperada sorpresa. Yo que estaba este año tan contento pensando que el señor director general de Lotería nos dejaba al fin disfrutar del verano sin empujarnos a vivir más deprisa con los anuncios navideños, ¿qué me encuentro en las carteleras publicitarias del andén?: un dibujo con la bota y parte del atuendo de Papá Noel y un texto animándome a comprar lotería de Navidad.
No sé el efecto que producirá en mis convecinos este anuncio, pero a mis años, cuando uno procura hacer todo lo posible y lo imposible para que el tiempo camine despacio, contemplar en pleno verano a Papá Noel, anunciando lotería de Navidad, me hace el mismo efecto que si me dieran una patada en el trasero, obligándome a que viva a toda velocidad. Como si no fuese bastante rápido el calendario para que encima le pisen el acelerador OLMO