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Viernes, 18 de agosto de 2006
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DE CUANDO EN CUANDO
Al revés
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OLMO Mientras me dedicaba hace unos días al primer placer de mi jornada (asomarme a mi ciudad a mi región, a mi país y al mundo en general a través del ventanal de este periódico) me chocó una curiosa noticia; la de ese basauritarra llamado Alex de la Huerta, que ha subido Orduña en bicicleta... pero al revés, es decir dando la espalda a la marcha.

No cabe duda que la hazaña se las trae, porque si subir ese puerto en bici montado normalmente exige condiciones excepcionales, hacerlo al revés es algo que tiene tela. Sobre todo, cuando el esfuerzo del ciclista no tiene más compensación que el de su amor propio, porque me figuro que no habrá ningún premio para el que suba un puerto de montaña de esta forma.

La noticia me ha hecho recordar que hace ya muchos años, cuando yo era joven, solía ir con cierta frecuencia a pasar temporadas de descanso en Urkiola, cuando Urkiola era aquel rincón apacible, bucólico y tranquilo, cuando no había surgido la invasión motorizada y por allí sólo paseábamos los huéspedes de sus hospederías y hotelitos.

Corrían los años cuarenta del pasado siglo y para ir hasta Urkiola era necesario tomar el tren en Atxuri, llegar hasta Durango y allí pasar del tren al autobús. Uno de aquellos autobuses heróicos y renqueantes de la época con asientos en el interior y en el techo donde viajábamos a la intemperie.

El autobús, soplando y resoplando subía trabajosamente el puerto pasando por los pueblecitos de Irurza y Mañaria y despues de doblar la última curva de 'txakurzulo' llegaba a su meta coronando el puerto a paso de tortuga. Pues bien, en uno de mis viajes a Urkiola en aquellos años cuarenta, viajaba yo en los asientos del techo, disfrutando lenta y agradablemente del paisaje cuando ocurrió el caso curioso que les cuento.

Un joven ciclista adelantó al autobús, se detuvo delante de él, se bajó de la bici, volvió a montar sobre ella al revés y de esta guisa, mirando a nuestro autobús, ante el asombro de cuantos llenábamos el vehículo, a puro, lento pero seguro golpe de pedal subió delante de nosotros hasta la cumbre del monte. Allí se bajo, volvió a montar, esta vez al derecho, y se perdió de vista.

No cabe duda de que el puerto de Orduña es más duro que el de Urkiola, pero aquel ciclista anónimo de mi relato tuvo en cambio una ventaja; que su hazaña la realizó sin tener ni siquiera el aliciente de aparecer en el periódico. Tan sólo contaba con la admiración de unos cuantos viajeros de autobús.



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