El Correo Digital
Sábado, 19 de agosto de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
VIZCAYA
VIZCAYA
Hace treinta años
Las fiestas de 1976 fueron tan poco emocionantes como las de años precedentes: toros, teatro y circo fueron los atractivos para una ciudad abandonada y desastrosa
Hace treinta años
RISAS ASEGURADAS. Cartel anunciador de los Hermanos Tonetti en el Circo Atlas. / E. C.
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

En 1976, y ya sin Franco, los prolegómenos de la Semana Grande bilbaína estuvieron marcados por hitos entre curiosos e importantes. El mes de agosto arrancó fuerte. Se puso el punto y final a las Olimpiadas de Montreal, las más politizadas de la historia; la cantante Cecilia moría víctima de un accidente de tráfico en la provincia de Zamora -los fines de semana veraniegos marcaban cifras de hasta 67 y más muertos en las carreteras-, mientras que tres ciudades, Pekín, Milán y Loveland, en Estados Unidos, todas ellas situadas en el paralelo 40, sufrieron sucesos catastróficos. En otro orden de cosas, los españoles fueron puntualmente informados del comienzo de las vacaciones de la familia real en Palma de Mallorca.

Más cerca, en Bilbao, el nerviosismo comenzó a extenderse entre los fumadores del lugar. Las malas lenguas aseguraban que, durante la Semana Grande, la villa se quedaría sin puros habanos. Una situación terrorífica, sin lugar a dudas. Por fortuna, el día 12, 'La Gaceta del Norte' confirmaba la llegada de unas 32.000 cajas de puros. Así que los malos humos desaparecieron. En otro orden de cosas se anunciaba que los bilbaínos iban a poder disfrutar de 18 toneladas de toros para ver y comer en la feria, ya que la carne de los astados se iba a vender en exclusiva en catorce puestos reguladores de titularidad municipal a precio un veinte por ciento más bajo que la de vaca. Toda una ganga para un producto del que se afirmaba era muy demandado por los consumidores más expertos y sibaritas. No en vano, esa era la carne que en Bilbao había dado fama a los chuletones de Villagodio. Tanto se quisieron realzar la virtudes y excelencias de la carne de toro que se planeó la celebración del 'Día Gastronómico del Toro', con el que se quiso difundir la amplísima variedad de modos de cocinado existentes con la carne de tan noble animal.

La Semana Grande de 1976 se presentó como las anteriores. Era verdad que algo había cambiado, pero más bien todo quedaba en una sensación porque, a la hora de la verdad, lo más llamativo de aquella semana festiva fueron las corridas de toros. Aunque, para los más pequeños, el gancho auténtico estuvo en la presencia del Circo Americano y la actuación estelar de los 'Payasos de la Tele', Gaby, Miliki y Fofito. Todo un fenómeno social. Sin embargo, a un lado los toros y a otro los payasos, incluidos los Hermanos Tonetti, las fiestas de Bilbao eran, así lo reconocían muchos, un auténtico tostón. Todo un muermo si se comparaban con algunas otras de localidades cercanas, como Pamplona o Vitoria.

Regocijo infantil

En opinión de uno de los bilbaínos más conocidos entonces, Alfredo Amestoy, los últimos veinte años de la historia de la villa habían sido desastrosos. «Los festejos no han estado nunca en manos del pueblo -opinaba-. Los concejales no han sabido preocuparse de las fiestas de Bilbao. (...) La fiesta es aire libre, calle; sobre todo, regocijo infantil. (...) Las fiestas se podrían mejorar a base de no destruir; de conservar. En Bilbao no hay clima familiar. Una de las cosas que contribuían a crear ese clima familiar eran las cerveceras y también se han quitado». En fin que, dejando a un lado los toros, la Semana Grande de Bilbao no tenía absolutamente nada que ofrecer. Bueno, también había circo y teatro.

Y es que en 1976, por aquello de los nuevos tiempos, importaban otras cosas no tan festivas. Como la manifestación pacífica que se convocó para el día 29, autorizada por el Gobierno Civil de Vizcaya, y con la que se pretendía protestar contra las centrales nucleares. La iniciativa había surgido de los vecinos de Plentzia, Gorliz, Berango y Lemoiz, que solicitaban la paralización de las obras de la central en este último municipio y la no concesión de licencias para la construcción de otras tantas en Ispaster, Ea y Deba. En otro orden de cosas, preocupaba, y mucho, el desastre absoluto que era Bilbao. Una ciudad abandonada y subdesarrollada urbanísticamente: «Suciedad, barrios abandonados, aceras rotas, desagües obstruidos, baches, ausencia de zonas verdes; jardines abandonados, vallas caídas que nadie levanta; autobuses destartalados, etc.». Estas eran, según la prensa del momento, las pequeñas cosas.

En las grandes obras, Bilbao daba un tono muy pesimista. Toda la gestión era ineficaz. «Ni resuelve el problema del medio ambiente. Ni el de las grandes comunicaciones, como el Túnel de Archanda, ni es capaz de agilizar las obras de ampliación del aeropuerto de Sondica, etc.». En resumen, Bilbao confirmaba su rostro más grisáceo, triste y feo. El apropiado para una ciudad industrial enferma ya de una crisis económica galopante.

Triste y fea

A pesar de que la mayoría reconocía que las fiestas de Bilbao no eran nada del otro mundo, al finalizar la Semana Grande, los más implicados hacían balance. Para los dueños de las salas de cine y teatros, el saldo final resultó positivo. «En taquilla no se nota que la gente se va de veraneo», afirmaban. A su juicio, la gente acudía donde se sentía a gusto, cosa que se conseguía con el aire acondicionado. Tampoco se quejaban mucho las cafeterías, sobre todo las más cercanas a los lugares donde se habían programado los principales espectáculos. Por el contrario, los que no estaban contentos eran los comerciantes. Se vendía menos que durante el resto del año. En este caso la fiesta estaba claramente reñida con la venta.

Tan sólo hace treinta años, todo era muy distinto. Desde la fiesta, el concepto de la misma, hasta el disfrute de los bilbaínos, pasando por la propia ciudad. Bilbao ha cambiado mucho en este tiempo. Ha pasado de ser una villa abandonada, triste y fea a convertirse en un lugar atractivo y seductor. Y su Semana Grande, transformada en Aste Nagusia, ha logrado convertir el muermo y el tostón en auténtica diversión.



Vocento