Todos pensaban que iban a ser unas fiestas para recordar. En parte fue así, aunque no por los motivos deseados. Lo que de verdad se quería eran unas semanas festivas -por entonces los festejos se alargaban hasta principios de septiembre-, llenas de diversiones, buenos espectáculos, animadas y con la presencia siempre grata de numerosos forasteros. La verdad es que el programa de actos que se anunció era de lo más atractivo. Las corridas de toros, el auténtico espectáculo por encima de todas las cosas, se esperaban con enorme ansiedad. De hecho, los revendedores hacían su particular agosto al conseguir colocar el papel a muy buenos precios.
Se anunciaba también que la empresa del frontón Euskalduna había organizado importantes partidos de pelota para las fiestas. La estrella indiscutible no era otro que Chiquito de Abando. Todo esto se completaba con el paseo de carruajes en la Gran Vía, conciertos musicales, juegos infantiles, «carreras de ciclismo y pedismo; concurso internacional de foot-ball, con Garden Party en los Campos Elíseos; concurso de sports vascos,...» El programa era completísimo.
Otra de las grandes citas de aquel agosto festivo fue -¿por fin!-, la inauguración del monumento a la Viuda de Epalza. Un asunto que se había retrasado desde Navidades debido a la polémica suscitada por determinados bajorrelieves del monumento. Por fortuna, gracias a la transigencia del escultor Querol, fueron convenientemente cambiados. Así que, con el señor Balparda a la cabeza, el Ayuntamiento lo organizó todo para inaugurar de una vez tan controvertido monumento. La gran cita sería, con total seguridad, el domingo 19. El emplazamiento elegido para la estatua fue la Plaza Elíptica.
También, como ya era habitual, se anunció la más que posible visita del Rey -que llegaría en barco, por supuesto-, para ver las competiciones de regatas. De ahí que se solicitase a los ayuntamientos de Santurtzi, Getxo y Portugalete que se rascasen los bolsillos y que engalanasen convenientemente fachadas, edificios oficiales o iglesias. Bombillas y luces de colores por doquier se encargarían de alegrar el Sporting Club, el Club Marítimo del Abra y, cómo no, el puente Vizcaya. La iluminación de éste consistió en «un artístico arco de 250 metros, con 1.000 bombillas eléctricas», y se añadieron las consabidas banderas, gallardetes y guirnaldas.
Farolillos a la veneciana
El sábado 18 arrancaron por la tarde las fiestas de Bilbao de 1906. Gigantes y cabezudos se pasearon por Atxuri. Para pequeños, y grandes también, se organizaron concursos de cucaña, sartén húngara, tinacos... La Banda de Santa Cecilia fue la encargada del pasacalles. La romería, amenizada por dos bandas de música y los tamborileros de la Villa, se celebró de ocho a once y media de la noche. El recinto estaba precioso. Todo adornado con farolillos a la veneciana. Se dispararon gran número de voladores, bombas y cohetes de luces.
También ese día dieron comienzo los partidos de pelota en el Euskalduna. Para los que querían pasear tranquilos estaba la Feria en el Campo de Volantín con todo tipo de atracciones, mientras que para los amantes del teatro, las funciones organizadas por el Arriaga, el Campos Elíseos y el Teatro-Circo del Ensanche, prometían de lo lindo.
No muy lejos de allí y por aquellas mismas fechas, un cúmulo de circunstancias se daban cita para hacer inolvidables las fiestas de 1906. El despido de un trabajador del ferrocarril de Triano y la protesta solidaria de sus compañeros, que se negaron a regresar a su trabajo hasta no conseguir la readmisión, fue el origen de una huelga general en toda regla que se extendió por la zona minera y la margen industrial de la ría.
Lo cierto fue que la obcecación del señor Urquijo, Presidente de la Diputación, propietaria del ferrocarril, enconó mucho las posturas de los obreros que vieron en aquellas fechas el momento adecuado para lanzar más reivindicaciones. Así, se pusieron sobre la mesa una lista de reclamaciones antiguas. Jornada de nueve horas, supresión de tareas, abono del 50 % de las horas extraordinarias y reconocimiento, como interlocutores válidos, de las sociedades obreras. Como era de esperar, la Asociación de Patronos Mineros las rechazó de plano.
Los sucesos se desarrollaron como ya era habitual en ese tipo de conflictos. Grupos de huelguistas se encargaron de extender el paro por las minas y las fábricas y de amedrentar a todos aquellos que mostraran intención de trabajar. Los patronos contaban con la ayuda de la Guardia Civil y los Forales. La participación del ejército se hizo inminente. Para caldear más el asunto, el Partido Socialista salió en defensa de los huelguistas. Así las cosas, el lunes 20 de agosto la situación se hizo tan insoportable que Bilbao llegó a estar tomada por los manifestantes. Los principales diarios cerraron sus puertas. La ciudad se quedó sin noticias.
Los periódicos volvieron a ver la luz el 26. Entonces la gente se enteró de que ya había dos muertos y que el número de heridos era elevadísimo. También se contaba que en el Puente de San Antón y en la Plaza del Mercado, grupos de huelguistas, parapetados tras barricadas improvisadas habían combatido con piedras, ladrillos y otros objetos a la Guardia Civil. Cinco batallones se habían dado cita en Bilbao, junto a dos baterías y un escuadrón. En total, 1.700 hombres.
Ante esta situación los patronos se avinieron a negociar y lanzaron su oferta: el pago del 25 % de las horas extras y reconocimiento, con reservas, de las Asociaciones obreras. En cuanto al asunto del despedido lo dejaban en manos de la Junta de Reformas sociales. La reacción de los obreros fue hostil. Rechazaron el acuerdo. Por fortuna, todo cambió con la llegada del general Zappino. Las representaciones de los obreros, así como también los patronos, vieron con muy buenos ojos la labor mediadora del militar. Sus promesas de intercesión y de lograr una solución justa convencieron a la mayoría. Sin embargo, pese a las palabras, aquel asalto de 1906, lo perdieron los obreros. Nada de jornada de nueve horas, mientras que sobre el pago de las horas extras se estableció que cada obrero las negociase con su patrón. Tanto para nada. Y encima les consideraban unos aguafiestas.