Todos parten de los mismos ingredientes, leche de oveja latxa y cuajo natural, pero el resultado siempre es distinto. Es parte del encanto del queso Denominación de Origen Idiazabal, elaborado de manera artesanal por los pastores del País Vasco y Navarra. Para premiar su labor, desde hace 22 años la Sociedad Micológica de Plentzia organiza su certamen monográfico de quesos. Una cita de gran prestigio entre los amantes de este alimento, pero que, en esta edición, ha congregado menos público de lo habitual. «El día está siendo bastante flojo. Hemos tenido ferias muy buenas aquí, pero parece que la gente ha preferido marcharse a la playa y se está vendiendo bastante peor», se lamentaba María José Garmendia, artesana de una quesería de Ordizia. Además, tal y como explica el productor alavés, José Ramón Martínez de Elejalde, «por nuestra experiencia, el verano no es la mejor época para vender queso. Se consume mucho más en otoño e invierno».
Los que ayer no sucumbieron al día de playa pudieron degustar la selección de quesos que llevaron a Plentzia 26 productores. Pero los miembros del jurado del concurso tuvieron más trabajo, ya que otros 17 artesanos que, por falta de espacio, no pudieron instalar su puesto en la plaza de la iglesia, sí tomaron parte en el certamen. Como es habitual, la decisión final de los catadores fue unánime. Aranburu Elkartea, de Idiazabal, se alzó con el primer premio en la categoría artesanal; el navarro Luis Vicente Larrarte demostró tener el mejor queso de Gran Elaboración, y el txoko Portalena de Plentzia preparó la mejor receta del concurso gastronómico, con una ensaladilla rusa de queso y gambas. Los propios catadores reconocen la dificultad que entraña la elección del ganador.
«Nos fijamos en la forma del queso, el color de la corteza y de la pasta, la textura, el sabor», explica Koldo Ugartetxe, miembro de la organización. Es difícil saber qué aspecto va a inclinar la balanza, pero los ganadores del año pasado, el vizcaíno Patxi Solana y su mujer Alicia Monedero están convencidos de que el secreto está en «poner mucho mimo».