Son como son, tres tipos comunes, vestidos de modo tan desarreglado como formal, pero para toparlos en la calle y pensar: '¿Cuándo he visto antes a estos?'. Tienen aspecto urbano, de habitantes de barrio con tics cazurros pero no campesinos. Hablan de cosas cotidianas, de asuntos comunes. Son escenas sueltas con un enlace que son ellos mismos, menestrales parlantes, en una cadena de situaciones que a veces vuelven atrás para multiplicar el efecto por acumulación.
Los protagonistas recuerdan a los payasos, aunque no usan la narizota ni la ropa de ese oficio. Su entrada, un truco de trasiego de agua del cubo a la cantina y de la cantina al balde, las réplicas gestuales, las exageradas impostaciones de las muecas
Y hablan. Opiniones y creencias, auténticas sentencias irrisorias en su pedestal, tan frágiles que nada más salir de su boca se vienen abajo, pero poco a poco y en un derrumbe suave y sin reventón. El Teatre de Guerrilla retuerce el pescuezo a los lugares comunes, a las seguridades de la sabiduría convencional, las frases hechas, los tics y automatismos de la conversación, los latiguillos solemnes, los tópicos. Es su forma de decir, más que su discurso, lo que les define. Pero son irresistibles, fulminantes.
El Teatre de Guerrilla lleva años en los circuitos alternativos catalanes, y se ha hecho popular en su TV: 'EEUUropa' (2003), 'El directe' y 'Teatre total' (2000), y este 'Somos lo que somos' ahora traducido para el circuito escénico castellano, del 2001.