Los lugareños aseguran que es difícil recordar una primera noche de Aste Nagusia tan saturada. El aforo del sábado sobrepasó las expectativas más optimistas. Pero la fiesta va por gremios. Por un lado, están los que se felicitan porque aún quedan ocho días por delante. Por el otro, aquellos que suspiran porque ya queda uno menos. Este es el caso del transporte público. Todos los operadores han echado el resto, pero cuando se habla de servicio nocturno, el metro copa el protagonismo. Y más, tras la amenaza de huelga lanzada por el comité de empresa por las agresiones sufridas en los últimos meses.
Pese a los temores iniciales, Metro Bilbao ha superado su primera «prueba de fuego». Los trabajadores, al igual que la compañía, han confirmado la inexistencia de incidentes durante un fin de semana «de cierta tranquilidad». Es un paso, pero los implicados apuntan al jueves, viernes y sábado como las jornadas «más complicadas». Los altercados del 30 de julio en Algorta fueron demasiado graves como para que unos y otros se permitan otra madrugada con tan nefastas consecuencias.
Como en años anteriores, la seguridad privada se ha redoblado en estaciones como Abando y Casco Viejo. «Una dosis de flexibilidad es fundamental porque es muy fácil entrar al trapo», comenta un vigilante. Cierto. A primera hora de la madrugada del domingo, centenares de jóvenes pasan por las canceladoras con sus katxis en la mano y los litros de rigor. Entretanto, el supervisor de la estación, ayudado por una azafata, intenta agilizar el paso de los viajeros.
Limpieza las 24 horas
La suciedad del suelo y las escaleras mecánicas reflejan que son días complicados. Para ello, operarios de limpieza se afanan día y noche en acondicionar las instalaciones, aguantando, como si ya no tuvieran bastante con lo suyo, los comentarios de jóvenes demasiado implicados en la fiesta. «Como estás comprobando, hay gente que tiene muy poquita educación», critica una trabajadora.
Ya en los vagones, los conductores reconocen que entran a las estaciones con «más respeto del habitual» al estar los andenes atestados de gente, «y no precisamente en el mejor de los estados».
Lo de los pasajeros, es tema aparte. A la ida, el botellón comienza en los propios trenes. A la vuelta, además del sueño, el incivismo pesa en el ambiente. Son las seis de la mañana. Algunos apuran el último trago, a otros les da por fumarse un cigarrillo. Aún queda gente -de cierta edad, claro- que pide un «poquito de educación». Pero es un diálogo de sordos. Como dicen los trabajadores: «Menos mal que éstos sólo suponen el 1% de los usuarios».