La calle cobra un atractivo sin precedentes durante la celebración de la Aste Nagusia. Restaurantes, bares y hoteles son conscientes de este reclamo, como también lo son del hecho de que la demanda se dispara como nunca. La gente quiere estar en contacto directo con el ambiente festivo. Bajo esta premisa, un total de 45 establecimientos han solicitado este año la correspondiente licencia municipal para instalar terraza, cinco más que en el pasado ejercicio.
Las carpas se reparten por diferentes puntos del Casco Viejo, Gran Vía, Moyua, Indautxu, Uribitarte y San Mamés. Respecto a su colocación, ésta varía en función del espacio del que se disponga en el exterior del establecimiento. El 70% de los permisos corresponden a zona de aparcamiento vigilado (OTA), mientras que el resto se sitúa sobre espacios peatonales. En este último caso, los interesados deberán dejar libre el acceso a las viviendas colindantes y, si llega a afectar a algún comercio, tendrán que contar con la autorización del propietario del mismo como requisito previo para que el Ayuntamiento les conceda la licencia.
La medida habitual de las terrazas oscila entre 20 y 40 metros cuadrados. No obstante, existen excepciones como la histórica del hotel Ercilla, que con sus 200 metros cuadrados tiene capacidad para ofrecer unas 140 cenas cada noche. El precio para una instalación básica es de 1,48 euros por metro cuadrado y día, lo que para este céntrico local hostelero se traduciría en 2.100 euros por toda la Semana Grande. Aquellos que dispongan de barra de bar deberán abonar el doble y si incluyen en su oferta un equipo de altavoces para amenizar la jornada tendrán que sumar 0,73 euros, también por día y metro cuadrado.
Con estas cantidades, todos se muestran de acuerdo al afirmar que «sale rentable». «El tirón que tienen está claro y cada año se nota más», reconoce Anatolio Alonso, encargado del restaurante Urdazpi, de Alameda Urquijo. Con este sistema, los bares duplican su capacidad a la hora de aceptar clientes. «Los hay que esperan hasta el último momento y quienes repiten cada año», apuntan desde el Ercilla. Lo importante es que el balance sea favorable. Y es que, tomarse un refresco sentado al aire libre puede salir hasta cincuenta céntimos más caro que en la barra del interior del local. Esta situación se repite en las comidas y cenas, cuyo coste medio se sitúa entre los 30 y los 50 euros, hasta cinco euros más que en los comedores de dentro.
Cuidar la seguridad
El dinero no es, sin embargo, el único requisito para colocar estas carpas. La ordenanza municipal establece una serie de normas en torno a esta materia. Entre ellas, la de que los elementos decorativos no pueden rebasar el espacio acotado y la referente a la seguridad. En este último apartado, el reglamento exige que exista una separación mínima de tres metros entre los edificios y las terrazas, así como que en el caso de instalarlas sobre una tarima, la superficie se eleve diez centímetros del suelo para permitir la correcta circulación del agua.
En cuanto a su fijación al pavimento, el Consistorio prohíbe que se perfore la acera, por lo que los restaurantes se ven obligados a utilizar un sistema de contrapeso, que a su vez debe pasar la inspección de los técnicos. Una vez preparado todo, sólo queda brindar por Marijaia.