Se muestran en 'Amor y otros pecados' escenas de convivencia en pareja a partir de un arquetipo actual, para recrear luego las peripecias fingidas de algunos dúos más o menos históricos. Es una comedia con sketches breves, un trabajo para dos intérpretes, a un ritmo notable, con muchos cambios y sorpresas de tema y de formato. El resultado es una broma amable, con sentido del humor, que se detiene al llegar a los precipicios más ácidos, y que en la medida de su estructura, un puzzle de piezas sueltas, es difícil que alguna no resulte amena.
En la ficha de los varios autores del guión de 'Amor y otros pecados' no se dice quién es cada cuál. Sería interesante, porque hay diferencias notables, de la política al costumbrismo, de lo satírico a lo vulgar, de situaciones con los textos más creativos a los que explotan chistecillos sabidos o previsibles. Los exageradamente audaces, los mejores para alguno, podrían estar firmados por Leo Bassi o por el Monty Python's Flying Circus.
Javier Veiga debe controlar cierto atolondramiento que quizá tenga que ver con la responsabilidad de la dirección y parte de la autoría, pero que se traduce en mala dicción y embarullamiento. Y Ana Rayo es versátil, rápida en los cambios, expresiva y bastante mejor actriz que cantante.
Hay proyecciones en pantalla con palabras de populares del momento para aprovechar el señuelo y adornar un escenario bajo mínimos. Tiene mérito el trabajo en directo del pianista Daniel Cívico, un tercer personaje-frontón que es a la vez el músico y el mantenedor de los efectos sonoros, algunos muy divertidos.