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Domingo, 27 de agosto de 2006
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DE CONCIERTOS
La salmodia de Leonor
La salmodia de Leonor
TEATRAL. A la vocalista se le nota que es actriz. / FOTOS: MITXEL ATRIO
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El viernes, la noche bilbaína no resultaba demasiado excitante apriorísticamente. Se ofrecía reggae en la Plaza Nueva, pero nosotros no fumamos porros; doblete de metal euskaldun en Botica Vieja, pero para caña dura ya tuvimos la de Rhino en Bilborock (descubran al gran grupo bilbaíno del momento en el Bertako Taldeak de abajo), y en verdad que no nos apetecía oír a Lorenzo Santamaría con 'playback' en La Pérgola.

Así que, por mera eliminación, nos decantamos por Marlango en Uribitarte, y eso que ya habíamos soportado su monotonía esta temporada en un Teatro Arriaga lleno. Lo más positivo del encuentro fue que la intervención de Marlango resultó un loable intento de dignificar unas fiestas en las que se viven momentos culminantes con, por ejemplo, transformistas cantando sobre las barras de txosnas repletas de ikurriñas vigilantes. ¿Jopé!, si Sabino Arana resucitara, le daba un pasmo.

Bueno, el caso es que, sin ánimo de relacionarlo subliminalmente con el párrafo anterior, escribiremos que la estética de Leonor Watling nos recordó a la de la película 'Portero de noche'. También pensamos en un mimo teutón, por eso de los leves gestos teatrales de la fría y adormecedora Leonor, una actriz que constituye el atractivo principal y el lastre fundamental de Marlango. O sea, que la peña acude a verlos por la (supuesta y discutible) belleza de la ojerosa Leonor y aguanta el tipo porque se solaza en partes de su cuerpo, pero no debe de escuchar demasiado, ya que el repertorio es monótono, trágico y plano. Aburrido, ya.

Blues de Lynch

Podemos destacar tres opiniones de sendas féminas. Una cantante de pop bilbaína auguró en vano: «Un tercio del público se irá al quinto tema». Desertó ella, que alegó: «Esto es para oír tranquila en casa». La Divina aguantó estoicamente, pero no disfrutó y, por ejemplo, opinó que veía muy falsa a la protagonista. Y Zutoia, que llegó a la mitad del concierto y se piró al de tres cuartos, sentenció que Leonor Watling no era nada natural, que parecía en trance y que todo sonaba impostado.

Así pensaban ciertas chicas sobre un concierto celebrado con la misma escenografía que en el Arriaga y ejecutado por los mismos músicos, entre ellos un guitarrista estilo Marc Ribot que pasó más desapercibido que en la ocasión previa, un trompetista pluriempleado en Los Coronas (¿el mejor grupo del mundo!) que remedó artificiosamente el cool de Miles Davis y el líder y sostenedor en la sombra del proyecto, el pianista Alejandro Pelayo.

La supuesta primera parte tuvo un vals inaugural, blues al gusto de David Lynch, jazz baladístico, swing jadeado, blues arrastrado vía Chris Isaak ('Enjoy The Ride', lo mejor), un 'Semilla negra' de Radio Futura fronterizo y expurgado de vitalidad y un 'Vete' de Los Amaya donde la cara de pena de Leonor daba el pego victimista. Todo un lote donde la garganta grave de la actriz se mostró plana, incapaz de sugerir hondura emocional ni registros variados.

Pañuelo... ¿rojo?

Ya había dicho ella «hola, cuánta gente» ante el notable y juvenil gentío reunido al pie del Guggenheim, cuando Pelayo notificó que hasta ahí había llegado la parte de «sonido cálido, nocturno y elegante» y que se animarían para disfrutar todos de la fiesta. Mentira: «A estos no les van a quitar puntos del carné por exceso de velocidad», se rió La Divina, que a veces ejerce de choferesa nuestra. Mentira porque Marlango se hallan atados a Leonor y, aunque la banda cree de fondo alguna tormenta controlada, ella, impactante cuando se quedó en camisetita blanca de tirantes, no pudo quebrar su adusta salmodia.

El resto fue más de lo mismo. O sea, taza y media de salmodia de Leonor, una actriz de moda incapaz de llenar un escenario y que fue pitada cuando pidió un pañuelo rojo sin saber que en Bilbao se lleva azul. Se sucedieron imágenes de Nick Cave, un tema con Pelayo a la guitarra que recordó al post rock de The National, castraciones de un Tom Waits al que versionearon, más dos bises, uno con el jazz dicharachero 'The Beat Goes On', que reveló las restricciones estilísticas de una Leonor que, en 105 minutos, entonó unos cinco temas potables entre la reiteración general.



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