El Correo Digital
Lunes, 28 de agosto de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Imagen de mujer
En la época estival aparecen nuestros cuerpos tal y como son. Esto produce en algunos seres humanos una frenética sensación de querer tener una figura 10, como las que se ven en la televisión y el cine. En ellos se observa que se utiliza el cuerpo de la mujer como objeto publicitario y que la feminidad se asocia a sensualidad y perfección de la imagen, según los cánones de belleza que imperen en un determinado momento cultural.

Desde este lado de la presentación de la mujer-objeto, resulta absurdo y grotesco escuchar los sonidos íntimos de una dama desnuda para anunciar cualquier producto que se convierte en objeto de deseo, ya que promete al espectador un goce inusual, transformándose en necesario e imprescindible para la supuesta satisfacción.

Para que estas representaciones femeninas hipnoticen aún más, se utilizan imágenes que evocan fantasmas sadomasoquistas masculinos, en los que se acentúa de manera perversa la idea de una mujer sometida (por un hombre), en contraposición con una mujer moderna, dominante, prepotente, bella y triunfadora. Asimismo se proyectan imágenes femeninas que simbolizan roles opuestos y excluyentes, que conllevan cierta dosis de atribución moral. Así, se presentan imágenes femeninas de mujeres que aparecen como: sumisas o insumisas, víctimas o heroínas, madres o amantes, ángeles o demonios, recatadas o golfas. Estas imágenes, que son significantes con los que se identifica el espectador que mira y escucha, se graban en la memoria y producen un efecto en el proceso de identificación. Estos mensajes que ven las mujeres y los hombres ejercen una enorme influencia en la representación del cuerpo ideal que anhela convertirse en real y obtener como premio el goce prometido.

¿Por qué tiene tanta influencia la imagen en el proceso psíquico de identificación? La imagen tiene un efecto estructurante en la formación del yo ideal. Cuando el niño se mira en el espejo, éste le devuelve una imagen unificada de sí mísmo (en contraposición a su incoordinación motriz), y cree ser lo que el espejo refleja. Esta imagen ideal produce un efecto de júbilo y bienestar, ya que viene a suplir aquello de lo que se carece, aquello que no somos pero queremos llegar a ser. De tal manera que si la representación subjetiva de nuestro cuerpo e imagen no coincide con lo que idealizamos, pueden surgir complejos (físicos, psíquicos), que repercuten en la idea que se tenga de uno mismo, en la interrelación con los demás y en la búsqueda alienante de la satisfacción esperada. La percepción subjetiva de la imagen corporal lleva a la construcción de esquemas distorsionados, que se han forjado en la imitación de los modelos dominantes y que han servido como punto de referencia en la construcción ideal del cuerpo imaginario. Por ejemplo, la representación e inscripción mental que se tiene de un cuerpo delgado (delgado igual a bello) es uno de los factores que provocan en algunas mujeres la sensación de estar demasiado hinchadas, gruesas, después de la ingesta de alimentos y las lleva a reducir su dieta hasta que su cuerpo real se ajuste a la imagen deseada.

Desde esta perspectiva se entiende la obsesión que existe por el control del peso, las dietas, el deporte, las compras compulsivas, los alimentos especializados, los arreglos de estética y la necesidad de dar una imagen que marque la diferencia. La inseguridad personal es correlativa de la necesidad de aparentar (física y psíquicamente), en la interrelación con los demás, y de encubrir los estados carenciales con los destellos de lo imaginario. Para reforzar su yo y recomponer los problemas con su imagen, hay sujetos que necesitan mirarse desde el espejo del otro, y consumir personas-objeto, estatus, bienes e ideologías para incorporarlos a su imagen y reparar un herido narcisismo.

Enlazada con el narcisismo se constata una escisión entre nuestra percepción íntima y la imagen que transmitimos a los demás. Esta división tiene por objeto esconder la debilidad, protegernos, y en definitiva es una respuesta amable que se da a lo que supuestamente quiere el otro para obtener su aprobación. Hay personas que se quejan de los efectos de tal división, ya que les lleva a no ser coherentes con su criterio, a negar su realidad y a confundirse con la imagen que quieren proyectar. El hecho de sostener una imagen que no se corresponde con la verdad del sujeto implica la impostura, la negación de la realidad, la imposibilidad de comunicarse y la división abismal entre la vida íntima y la pública.

A este respecto hay investigaciones (Golomboky Fivush,1994) en las que se analiza la relación entre la autoestima, construcción de la imagen física, y la vulnerabilidad a la evaluación social. Se constata que las jóvenes son más dependientes del 'feed-back' de los demás y más sensibles que los chicos respecto a las evaluaciones negativas. Una de las causas es que a las mujeres se les enseñaba a construir su identidad de manera interdependiente, y los hombres han sido más independientes del criterio de los demás, ya que la permisividad social respecto a su conducta les ha reforzado en este aprendizaje. Sin embargo, estudios más recientes nos confirman que las mujeres construyen su identidad de manera más independiente, con criterio y desligándose en sus actos de la aprobación o rechazo del otro.

Las imágenes femeninas que se proyectan de la mujer (televisión, cine, revistas), desde los fantasmas voyeuristas masculinos, no tienen nada que ver con la realidad que se constata en una sociedad plural, en la que existen mujeres diversas, complejas y con problemas reales. Sin embargo, la perspectiva femenina está cambiando la visión del lugar e imagen que ocupaba la mujer en la televisión, la producción literaria, la realización cinematográfica, etcétera. Las mujeres que trabajan en torno a la imagen y cada una en su particularidad, nombran sus fantasmas y deseos, más allá de la imagen que proyecta estereotipos femeninos caducos, o del prototipo femenino ideal de mujer fuerte, independiente y muy brillante intelectualmente.



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