Ahora que el verano va llegando a su final, lo conveniente es seguir los dictámenes de todos aquellos que o bien apuran hasta el último momento su disfrute, o bien deciden unilateralmente prolongar la buena vida durante todo el año. Lo primero no es difícil y tampoco es ninguna novedad que la gente vuelva a casa en el avión con el traje de baño mojado por la última nadadita o, incluso, todavía oliendo a un protector solar de arroz con coco. Además, vista la creciente permisividad social en el vestir laboral, pues hasta podemos engañarnos durante todo el mes de septiembre, yendo a la oficina en pareo y chancletas como si nos esperara una mañanita de sol y mar en la playa de Vistahermosa.
Obviamente, lo que ya resulta excesivo es pasearse en tanga y trikini por una oficina en ciudad de secano o escaparse a las doce de la mañana diciendo que uno tiene que pedir en el chiringuito la paellita. Más que nada, porque el clima te puede regalar una neumonía serrana y encima no cuela ni de coña el escaqueo a un sitio improbable. Eso sí, la forma más sencilla de prolongar virtualmente el verano es con la extensión del bronceado hasta las navidades, cosa también difícil y compleja, salvo que se utilice la conocida fórmula inventada por un gaditano residente invernal en Soria, entre cuyos ingredientes está el concentrado de zanahoria, el aceite de escualo senegalés y un aloe vera traído directamente de Haría, en Lanzarote.
Como es natural, ese moreno permanente jode un montón a los blanquiñosos, además de generar una envidia malsana que trae malas consecuencias laborales, puesto que no se puede tener el moreno de un balandrista a partir del 1 de octubre. Y ya no doy más consejos para disfrutar de la buena vida en este final estival, porque a mí también se me acaban las líneas de esta columna, el moreno, la playita, el dry martín del aperitivo y sobre todo, carajo, la buena vida de verano.