En los momentos en los que más gente disfruta, más trabajadores se requieren para satisfacer las ganas de ocio de miles de personas sedientas de diversión. Año tras año, la ley de la oferta y la demanda hace su agosto durante la Aste Nagusia. Y estas fiestas no han sido una excepción. En esos nueve días, más de 300 personas encontraron trabajo en hoteles, restaurantes y bares de Bilbao.
Por ejemplo, sólo la empresa de trabajo temporal Vedior Laborman, que tiene como clientes a todas las cadenas hoteleras de la localidad vizcaína, encontró trabajo a unas 200 personas. Algunos de ellos desempeñaron más de una tarea a lo largo del día, por lo que se firmaron 320 contratos, un 24% más respecto a la misma época del año pasado, y un 20% más en comparación con la media anual. Así, el Café Iruña contrató a nueve trabajadores, el hotel Ercilla a «unos 50 ó 60» y el Indautxu «alrededor de 40, de los que ya conocíamos a la mitad de otros años».
La mayor parte de los empleados ocasionales eran «estudiantes entre 20 y 30 años» que decidieron dejar la fiesta a un lado para 'aprovecharse' de la necesidad que tenían los restaurantes y grandes hoteles de encontrar trabajadores a cambio de «unos ocho euros netos por hora trabajada» (576 euros durante la Aste Nagusia).
Inmigrantes
De entre las solicitudes, la más demandada fue la de camarero de «18.00 a 2.00 horas», debido al gran número de cenas que se celebran a diario en esos días festivas, así como la atención en barra y en las carpas. La segunda opción fue la de camarera de piso para desarrollar la labor de limpieza de las habitaciones de los hoteles. El tercer puesto lo ocuparon los ayudantes de cocina.
La dificultad por parte de las cadenas hoteleras para encontrar personal que se adaptase a los perfiles exigidos, provocó que se incrementase la contratación del colectivo de inmigrantes, que supuso, aproximadamente, un 40% del personal. «Fundamentalmente se trata de sudamericanos que manejan nuestro idioma y que cuentan con experiencia en el sector».
Terminada la Aste Nagusia, muchos de esos jóvenes camareros que corrían de lado a lado de la barra o repetían de memoria los postres del menú, se toman estos días unas vacaciones para, en dos semanas, volver con las pilas cargadas a las aulas de las universidades o, en el peor de los casos, al paro.