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Domingo, 3 de septiembre de 2006
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VIZCAYA
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Enlace a la vieja usanza
Más de sesenta personas participan en una boda medieval en el parque central de Santurtzi
Enlace a la vieja usanza
CELEBRACIÓN. Los novios brindan junto a familiares y amigos. / PEDRO URRESTI
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Se hacen llamar Sir Mirtxu y Lady Floti. Dicen ser ciudadanos de Santurtzi y, a juzgar por su vestimenta, parecen chapados a la antigua. Ella luce un vestido blanco escotado y con aire de la Edad Media. Él está escoltado por soldados y lleva una larga capa dorada. Van a contraer matrimonio, pero no se trata de una boda cualquiera. Es una ceremonia medieval. Y se celebró ayer en el parque central de la localidad marinera. Bajo el atuendo y los rimbombantes apelativos, había dos vizcaínos de carne y hueso, con nombres y apellidos. Son José Saldaña -46 años- y Mónica Zabala -36-.

Con el apoyo de familiares y amigos, la pareja protagonizó un enlace de cuento de hadas. Hubo sesenta invitados y ninguno desentonó. Todos iban acordes con el medievo. Había un bufón, cuatro taberneras, un mago Merlín modernizado -llevaba plataformas- y decenas de doncellas. «Siempre he dicho que, si me casaba, haría una boda de este tipo», recordó la novia. Dicho y hecho. Es una mujer de palabra. Eso sí, la ceremonia careció de valor legal, aunque días antes los enamorados ya dieron el 'sí quiero' al hacerse pareja de hecho en el Ayuntamiento.

Ofició la boda Mario, un amigo de ambos. Desde la escalinata del kiosko del parque, el sacerdote eventual se despachó a gusto. El monólogo dio para muchas risotadas. Y antes de concluir, pidió un brindis con vino de rioja. Varias mujeres se encargaron de repartir el caldo. Los más de sesenta invitados alzaron los vasos de plástico y gritaron al unísono: «¿Vivan los novios!». Ahí se desató la euforia, con el tradicional lanzamiento de arroz y pétalos de rosa incluidos.

Trajes elaborados

Para la cita, algunos acudieron a tiendas de disfraces. Otros, hicieron sus trajes a mano. «A mí me lo hizo la suegra hace cinco años», confesaba el cura, que luego se transformó en el rey Arturo. Llevaba su correspondiente espada. Txarli portaba casco y demostró estar a la última en cuestión de soldados. «Todo esto me ha costado veinte euros», alardeó como si de una hazaña se tratara. A ese dinero se le unieron los 60 euros por barba que abonaron por acudir al posterior lunch en el palacio Oriol. También hubo barra libre.

«No quería hacer una boda tradicional, sino algo divertido y original», se disculpó Mónica. El novio asintió. «Ya me alertó de todo esto antes incluso de ser novios», reconoció José.

Tanto ellos como los invitados sudaron de lo lindo. El culpable: la vestimenta y un sol de justicia. Ahí el padrino, llegado a pie desde Portugalete, acertó de pleno. Su sombrero le protegió de los rayos de 'Lorenzo'. Pero otros debieron echar mano de los adelantos y lucieron gafas de sol. Hasta uno de los monaguillos se las puso. «Si llegamos a ser medievales de verdad no hubiéramos venido con estas botazas», bromeó Silvia. Ella se dejó el móvil en casa para evitar posibles tentaciones. Ahora, a todos les toca regresar al siglo XXI.



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