Higinio Álvarez (23 años), fontanero de profesión y natural de Rouzos, una pequeña aldea orensana de apenas «diez casas», es ya un embajador de Bilbao. «Voy a poner a esta ciudad muy alta», prometía ayer poco antes de coger un vuelo que le devolvería a su tierra, Galicia. El joven hizo de guía para la expedición de los Bomberos de Bilbao que colaboraron de forma voluntaria durante cuatro intensos días en la lucha contra los incendios el pasado agosto. «Gracias a él pudimos ser más operativos. Todo el mundo estaba desbordado, nos mandaban a los sitios y, claro, no sabíamos dónde estaban», explica Eusebio Cabo, sargento al mando del grupo desplazado, que le acaba de brindar un espontáneo homenaje. Desde entonces, le conocen con cierta retranca como «el GPS», por sus acertadas indicaciones sobre el terreno.
La Alcaldía de Orense pagó los gastos del viaje a Bilbao al chico como «regalo» por su desinteresada colaboración. Una vez aquí, fue recibido el pasado lunes por la mañana por el alcalde, Iñaki Azkuna. Los Bomberos del parque de Garellano organizaron una cena de confraternización y le entregaron un trofeo. A lo largo de una semana también le han enseñado algunos de los rincones más hermosos de la ciudad y de la geografía vizcaína, como Lekeitio. Querían recompensar el «compromiso» del joven, que dedicó «una semana de sus vacaciones a ayudar a la gente, y que se volcó las 24 horas. ¿Es raro, no?», opina Cabo.
Los 14 efectivos del parque de Bilbao llegaron a Monforte de Lemos, su base de operaciones, el miércoles 9 de agosto, y les asignaron Amoeiro, el concejo donde vive Higinio, que se encontraba acechado por dos frentes. «El pueblo estaba ardiendo, las llamas habían llegado hasta el porche de mi casa, habían quemado los setos, un infierno... Mi hermana me llamó llorando. Era pura gasolina, pasaba muy rápido avivado por el viento, así que se lo dije a mi jefe y me fui a echar una mano», relata.
A Higinio, uno de los seis hijos de un camionero jubilado, le gusta andar en moto los domingos por la mañana -«de cross y en duro», matiza- y la caza. Gracias a estas dos aficiones se conoce los montes de Orense como la palma de su mano. «Nos llevó por carreteras comarcales, pistas forestales sin cartografía ni planos. El peor día, el sábado, terminamos a las cuatro y media de la madrugada para estar funcionando otra vez a las ocho. Cuando nos asignaron Orense capital, donde las llamas estaban llegando ya a los barrios periféricos, se quedó a dormir con nosotros. Se formó una relación muy maja», describe Eusebio.
«Lo que hice yo lo podía haber hecho cualquiera, sólo era cuestión de voluntad. No había medios, era un colapso, y nadie se preocupaba de echarles una mano. Que vinieran de tan lejos y les dejaran tirados... Ellos se portaron bien conmigo y yo con ellos. Lo importante fue que se apagó todo», dice el joven, de visita en Bilbao. Higinio asegura estar acostumbrado a ver incendios de similares dimensiones. «Aquí es normal. El fuego no tiene castigo», apunta.
Del País Vasco le ha gustado «todo», aunque confiesa que hasta ahora tenía «una opinión muy mala, por las cosas que se ven en la televisión, ya sabes. Ahora lo veo diferente».