La película del día ayer en el Lido no estaba a concurso y es lo menos festivalera que uno se puede echar a la cara: 'El Diablo viste de Prada', comedia ligera de papel cuché sobre el sofisticado mundo de la moda dirigido por David Frankel, un debutante curtido en la serie 'Sexo en Nueva York'. En fin, prácticamente satanás en celuloide para los cinéfilos que sólo toleran filmes con al menos una docena de metros de profundidad. Pero había morbo por verla, por un lado para divertirse por fin entre tanto rollo subtitulado y respirar un poco, y por otro porque está arrasando en las taquillas de Estados Unidos. La principal razón, aparte del innegable tirón comercial de meterse en el mundo de las modelos y las marcas, tiene nombre y apellido, Meryl Streep. Está sencillamente perfecta en su papel de la temible jefa absoluta de la principal revista de moda de Nueva York, una déspota sádica imperturbable que vive sólo para su trabajo, para explotar a sus temblorosos empleados y que con un movimiento de ceja puede hacer retirar una colección. Uno de sus mejores papeles en los últimos años.
Es una comedia tontorrona y con una línea argumental de parvulario, eso que quede claro, pero hará las delicias de quienes hojean las revistas mirando las fotografías de arriba a abajo y tienen criterios permanente actualizados sobre lo que se lleva. Y los demás, si es que queda alguien, también se lo pueden pasar bien, porque nadie es ajeno a la curiosidad sobre el mundillo de la tontería, el lujo y la frivolidad. La historia está basada en la novela superventas del mismo título, obra de Lauren Weisberger, que se basa en la propia experiencia de la autora cuando trabajó en 'Vogue' a las órdenes de su legendaria directora Anna Wintour. Anne Hathaway interpreta a la sufrida secretaria de prácticas, muy a lo Bridget Jones, mientras que Meryl Streep es el trasunto de la neurótica periodista. La descripción del ambiente de la moda, entre la mirada ácida y la fascinación nada disimulada, lleva el relato en volandas hasta la correspondiente moralina.
Entretanto, el concurso siguió lejos del oropel con dos películas de autor. Una en su peor acepción y otra en la mejor. 'Quei loro incontri' (Aquellos encuentros suyos), de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, era para salir corriendo, cosa que hicieron a los pocos minutos los escasos incautos que entraron en la sala. Empezaba el filme con un diálogo de diez minutos a plano fijo de dos individuos ¿de espaldas! En fin, menos mal que el otro título de la jornada, 'Nue propriété' (Propiedad desnuda), del joven realizador belga Joachim Lafosse devolvió respetabilidad y salud al cine personal.
En un realismo muy auténtico, sin música ni énfasis de ningún tipo y evidentemente emparentado con el estilo admirable de sus compatriotas los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, Lafosse cuenta con un ritmo y una sutileza notables la triste e imperceptible descomposición de una familia. Isabelle Huppert, la protagonista, está muy bien, contenida en esta ocasión, y lo mismo Jérémie Renier, el joven de 'El niño', la última película de los hermanos Dardanne, que venció en Cannes. Dada la escasa lista de títulos realmente premiables de esta edición, el jurado no debería olvidarse de esta pequeña película.