Con apenas 24 años, Kevin Smith revolucionó el cine independiente americano con su fresca opera prima, 'Clerks', un título de culto que le dio una desmesurada fama que se le ha escapado de la mano. La irregular trayectoria de este amante del cómic metido a cineasta ha ido de mal en peor, con trabajos fallidos como la caótica 'Dogma' y la edulcorada 'Jersey Girl'. Sus comedias 'Mallrats' y 'Persiguiendo a Amy' se caracterizaban por el uso desenfadado y lúcido de unos diálogos chispeantes, con referencias 'freaks' a 'Star Wars' y personajes excéntricos, entre ellos Jay y Bob, el Silencioso, este último encarnado por el propio realizador. Esta pareja fumeta llegó a protagonizar varios tebeos y una película propia.
Viendo su carrera malherida, Smith retoma los personajes de 'Clerks' en una segunda parte de presupuesto más generoso y recupera el desparpajo de antaño en los diálogos, pero lo que antes resultaba novedoso ya no lo es tanto. Defendiendo el concepto de amistad y un romanticismo de manual, Smith inserta chistes escatológicos y guiños cinéfagos en una historia cuya ñoñería excesiva empaña el conjunto, a la postre una comedia amable a pesar de la proliferación del cacaculopedopis. Los personajes principales, Dante y Randal, abandonan el colmado donde trabajan en la primera parte, destruido en un incendio, para liarla parda en una hamburguesería. La parte dramática empacha sobremanera, destacando algunos momentos memorables a base de chotearse ingeniosamente de 'El señor de los anillos' y echar mano de una serie de gags que, a pesar de estar más vistos que el tebeo, funcionan estupendamente de cara a la platea.
Repiten los actores de la primera entrega (Brian O'Halloran y Jeff Anderson), algo más fondones, a los que se une una Rosario Dawson exuberante, lo mejor del pastel dulce y grumoso, que cuenta con un clímax tan empalagoso como descerebrado. No hay que quitarle meritos a Smith. Consciente de sus limitaciones, ha conseguido un curioso equilibrio entre la comedia romántica al uso y el humor cochino juvenil. De paso, la curva descendente de su carrera ha subido algunos enteros al volver a sus orígenes. El pase del filme en Cannes recibió una ovación de ocho minutos de aplausos, probablemente de un público entregado de antemano que agradeció un título entretenido y sin pretensiones en el marco de un festival serio donde abundan los ladrillos exóticos y los temas sociales.
Ya lo ha dicho en alguna ocasión Antonio Gasset desde la tribuna de su programa televisivo 'Días de cine': «Lo peor de los festivales de cine son las películas». No se entiende de otra manera la descontrolada buena acogida de una película correcta sin más, de gamberrismo tan descafeinado como efectivo, incapaz de sorprender tras el bombazo de 'Clerks', aunque sea un paso hacia la redención de su máximo responsable.