El 10 de septiembre de 1906 llovió a mares en Bilbao. Una impresionante tormenta descargó sobre la Villa en dos rachas. El primer golpe se produjo a las cuatro y media de la madrugada. Llovió durante aproximadamente noventa minutos. Pasado ese tiempo, y tras una tregua que hizo que los bilbaínos se confiaran, llegó un segundo envite a las ocho y media de la mañana. El resultado fue dramático. A pesar de que Bilbao era una ciudad en la que, a lo largo de su historia, se habían producido numerosos incendios e inundaciones, hacía tiempo «que ni éstas ni aquéllos se han registrado con intensidad, pero la inundación de ayer será de las que no se olviden, no solamente por los daños que ha causado, sino también por los sustos y por los perjuicios materiales».
Y encima, semejante chaparrón no sirvió para nada. En el campo, muy necesitado de agua, la enorme tromba había arrastrado con fuerza los sembrados. Aún así, hubo que agradecer al destino que todo hubiera ocurrido a primera hora de la mañana y que la marea estuviese baja, ya que si hubiese habido pleamar, «no habría cabido en la ría la enorme masa de agua que se precipitó en ella».
Los testigos de la gran tormenta de hace un siglo contaron lo sucedido con enorme asombro. Casi aterrorizados. Todos coincidieron en que daba la sensación de que los cielos se habían abierto por completo y que una gran catarata descargaba con ira las aguas sobre la ciudad. La primera zona seriamente afectada fue la Plaza Vieja, donde para las ocho y media de la mañana muchas mujeres ya habían colocado sus puestos. Al de poco de empezar a llover, las frutas, los cestos, los bancos y las mesas comenzaron a ser arrastrados por el agua. «Las pobres vendedoras, descalzándose, dieron comienzo á una empeñada pesca de hortalizas y verduras, tarea en la que les ayudaron algunos transeúntes».
En los barrios altos el miedo se extendió con rapidez. Las calles Hernani, Bilbao la Vieja, San Francisco, Miravilla, Zavala, Cantera, Laguna y otras cercanas se transformaron en zonas impracticables. El agua bajaba por ellas con una impetuosidad y en una cantidad alarmantes. Las plantas bajas de las casas fueron las más afectadas. La ayuda a los vecinos de esta zona provino de los soldados de los cuarteles de San Marcial y Bailén.
No obstante, donde mayor gravedad presentó la inundación fue en la Plazuela de San Nicolás. El nuevo túnel que unía Matico con la estación principal se convirtió en una especie de cañería gigante por la que fluía el caudal procedente de Archanda. La cantidad de agua que cayó fue tan tremenda que, en un momento dado, el túnel no fue suficiente para darle salida, con lo que se inundaron rápidamente los andenes, que «quedaron convertidos en un agitado mar, siendo aterrador el efecto que producían las aguas cuando, después de estrellarse contra las paredes fronteras, retrocedían con fuerza y chocaban con la corriente arrolladora que procedía del túnel». Bancos, sillas, mesas y demás enseres de la estación fueron agitados y golpeados con fuerza de manera violenta y alocada.
Un boquete en la pared
La salida natural de aquella inundación, que había alcanzado más de metro y medio de altura, fueron las puertas y ventanas que daban a la plazuela de San Nicolás. El estruendo que provocó la gran masa de agua fue terrorífico. Toda una catarata que a su paso se convirtió en un auténtico peligro de muerte, tanto por la fuerza como por los más variados objetos que arrastraba. Empleados y viajeros presentes en la estación tuvieron el tiempo justo para ponerse a salvo gracias a que abrieron un boquete en una de las paredes que daba al edificio contiguo donde se guarecieron. Una mujer se negó a seguirles y estuvo a punto de perecer ahogada. La decidida actuación de algunas de las personas que se encontraban allí evitó lo peor.
El centro de Bilbao -calles Ascao, Ribera, Arenal y Correo- quedó completamente anegado. «Ni un solo comercio de estas calles dejó de sufrir daños considerables y los cafés Inglés, Suizo, del Comercio y especialmente el de Arriaga quedaron convertidos en lagunas, siendo arrastradas de los mismos algunas mesas y bancos». El negocio más perjudicado fue el de Demetrio Sorzano, situado en la calle Ascao, exactamente en la planta baja de la estación de Las Arenas. No se salvó nada.
El agua, a su paso, arrastró lo creíble y lo increíble. Por el túnel de la estación de Las Arenas llegó hasta la sala de espera un árbol de 5,70 metros de largo por 60 centímetros de diámetro. La fuerza de la corriente fue tan grande que arrastró dos coches del tranvía hasta cerca del puente de El Arenal. Lo peor de todo fueron las víctimas. Dos personas murieron ahogadas al ser arrastradas por la corriente. Otro joven de 16 años falleció al ser alcanzado por un rayo. El aspecto del cadáver llamó la atención, ya que se afirmó que no presentaba herida alguna, «hallándose como si estuviese dormido, pero muy amarillo».
Paradójicamente, la gran tormenta que inundó Bilbao el 10 de septiembre de 1906 no terminó con la sequía. El excesivo calor y una deficiente red de suministro de agua hicieron que la Villa pasara sed de verdad. Y a pesar de la enorme tromba que cayó, el problema no se solucionó. Aún así, aquella misma noche se reanudó la fiesta. El Arenal lució una iluminación fantástica, la banda municipal ofreció su concierto, y el número de bilbaínos que acudieron a disfrutar del paseo fue elevado.
Tampoco parecieron inmutarse los equipos participantes en el torneo de fútbol de la Copa Vizcaya que se disputó en las campas de Lamiaco. Los contendientes fueron el Moncloa de Madrid, el Sport Club Avilesino, el San Sebastián Recreation Club y el Athletic Club de Bilbao. El agua no les asustó y como se afirmó en la prensa, los «'footballman' no se arredran». ¿Quién dijo miedo? Por cierto, el torneo lo ganó el Athletic al imponerse a los madrileños por ocho a cero. Toda una tormenta de goles.